And if you can't get that together
You can freeze like 30 century man
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Scott Walker, interpretando 30th Century Man, 1969, pertenciente a Scott 3
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Dos millones de violadores
Como un pelo cayendo sobre la arena
la dirección del remitente es vacío
o apertura;
cada quien sigue su camino
y por él avanzamos.
Las estrellas se mueven en sus oquedades.
Dios patrulla el fondo del mar,
pone a los caracoles dóricos por encima
del nivel de la escalera de incendios.
Nos ve venir
y pega la vuelta a la esquina.
Los hombres de cartón se abandonan en sus almacenes
hasta que se deslicen las horas,
nos sirvan té y helados,
todos secuaces en el pequeño negocio.
Dimos curso a estas órdenes
una y otra vez, dice esto, exportando nuestros despojos
hasta los límites del imperio.
Aún así, sin falsete,
el pájaro chilla en el oído.
(texto perteneciente a Where Shall I Wander)
habría que releer ese gran y extravagante libro de Jeff Nutall, llamado "Las culturas de posguerra (Bomb Culture)". En un pasaje de ese texto se explica que los artistas "estaban conscientemente decididos a destruir la sociedad". Esa sociedad, precisamente, encontró (sin buscar exhaustivamente, es decir, aquellos que formalizan la idea siniestra o no, de la sociedad) una forma más efectiva que la cancelación física, o la amenaza, para frenar esa inminente destrucción del paraíso recobrado: los compró, de las múltiples maneras en que puede adquirirse artistas que vociferan, durante años, lo que alguna vez, algún año, lustro o década, harán en nombre de muchos, incluso ellos, o no. Decía Nuttall (un crítico y artista que vio el ascenso y caída del lenguaje simbólico como efecto, y a la vez la aparición de renovados huevos de la serpiente) que en algunas zonas "el dinero era tan abundante que el robo era una forma de integridad".
Y bien, para Yépez, en su artículo Caducidad de la contracultura, el siglo XXI aún no llegó, e incluso, existe el peligro cierto de que sea hurtado. Ojo. Attenti.

Olivia Arteca (8 años) y su perro Scott (6 meses)


Para Horacio y Martín, aquel poema y esta música.
Moby Grape, 1969. Del disco "Truly Fine Citizen", el tema Changes, Circles, Spinning.
Todo el mundo conoce el sentido de ese verso, que se popularizó gracias a la distancia cada vez más existente entre esa máxima y el lector. Releyendo El maleficio, de Hermann Broch, encuentro que el personaje de Wetchy explota desde el delirio místico, inaudito, y racista, cuando grita: "Son enfermos del odio y de las ansias de dominación, ellos y su prole, un odio femenino (...) no quieren trabajar la tierra, quieren poseerla para plantar en ella hipotecas. Y con argucia femenina y con intelecto femenino, han obtenido el dominio del mundo (...) las ciudades son la desgracia del mundo". Eso va como acontecimiento residual con el conflicto con el campo, pero también me recuerda el efecto de las palabras del criminal Luciano Benjamín Menéndez, que cree que el comunismo internacional está enquistado en el gobierno. Imagino la furia que le provocara la asunción de Sergio Massa, aunque el equilibrio ideológico, para Menéndez, debe estar asegurado: por un lado, un apellido ligado a la idea basal de la izquierda: la masa, pero por otro lado, la doble "s", acarreará recuerdos de un porvenir nacionalsocialista que nunca logró consolidarse.
¿O si? Al escuchar la diatriba senil del represor, todo se volvió la relectura del libro de Broch, el ascenso evangélico del loco de Marius Ratti, el chillón Wetchy, y una pregunta de, otra vez, Wittgenstein: "¿Podría uno imaginarse que una piedra tuviera consciencia? Y si alguien se lo puede imaginar -¿acaso esto no demostrará simplemente que toda esa imaginería no tiene ningún interés para nosotros?". Las nuevas frases a recordar serán párrafos completos de una renovada advertencia contra estos sujetos. Mantener la guardia, que las palabras de estos seres no impacten como nuevos maleficios.
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