jueves 13 de octubre de 2011

ELECTRÓLISIS (sobre País imaginario, escrituras y transtextos, 1960-1979. Ruido Blanco, Ecuador)



1. Tengo un sonido posicional rondando en mi cabeza. La escritura de estos poetas declara quererromper, con toda sobrenaturalidad, el origen y el funcionamiento del lenguaje. Si no existe una hipótesis teológica, entonces simplemente es descartada, y nunca interviene bajo la explicación o la descripción, y menos tratándose de ruptura. Esta ruptura se resignifica escrituras que, más allá de peripecias y malabares gráficos (expuestos en estas antología), infieren la certeza que desde el desacople leve de cualquier sintaxis huidiza, se recupera la infraestructura del poema como salvoconducto.





Estas escrituras son dos ensambles anti-reflex, o para decirlo más adecuadamente: eluden todo tópico representativo. Ya lo decía Rafael Cippolini, con relación a cierta pregunta de Michel Foucault en su Teatrum Philisophicum: “nuestra época es la pesadilla de Platón: experimentamos la representación a la enésima potencia”. Lo que justamente ofrece este núcleo de poetas reunidos por la selección de Maurizio Medio, es lo contrario: no existe representación en sus poemas, porque el espíritu de la metáfora está barrido; sólo existen textos en su progresión metonímica. Y sobre este mecanismo debe leerse País imaginario, escrituras y transtextos, 1960-1979, editado por la editorial ecuatoriana Ruido Blanco.




2. Maurizio Medo dialoga con objetos sémicos abandonados, y no sólo con poemas. Y digoabandonados porque no se trata de una antología necesariamente, sino de un programa decontruccionista, pero en el sentido de asumir el proceso entero de cierta metafísica de la vanguardia. Es muy curioso cómo Maurizio Medo consigue capturar la marca de fábrica de algunos poetas, cuya complejidad, la mayoría de las veces, se encuentra oculta en la superficie ambigua de una música sin centro. En gran parte de estos textos se trabaja desde el bordado por fuera del bordado, un centrifugado de patchwork que reimprime la nación ciega de una sintaxis en plena revulsión. El trabajo del prologuista es, en particular, una tarea demoledora. Pero no existe tarea más aciaga que reconstruir las ruinas de la sintaxis. Y para eso, Medo lee y a la vez reconstruye, pero no como un restaurador de cuadros, sino como un inventor de estructuras. En ese sentido, se aplica, más allá de la estrategia que cada crítico (que en este caso también es poeta), un método particular de análisis y desbrozamiento de los textos, semejante a la electrólisis. Como se sabe, la electrólisis es “un método de separación de los elementos que forman un compuesto aplicando electricidad: se produce en primer lugar la descomposición en iones, seguido de diversos efectos o reacciones secundarios según los casos concretos.” El primer término de la palabra, electro, hace referencia a electricidad, y lisis, significa, lisa y llanamente, rotura.












3. En esta reunión de poéticas se pone en juego el concepto de naturaleza. No se cuenta la exigencia a cualquier explicación natural como en la referencia última al estado de pura naturaleza. Hay una prehistoria como una prelingüística, en esta puesta de poética en uso. Ya Maurizio Medo trabajó su campo del análisis, entre la regresión genealógica (la vanguardia), y la explicación de procedimientos aún abiertos. Simplemente reconoce en ciertos signos una poética de apertura cuya historia y sistema están por constituirse. Lo que se presenta aquí son escrituras en pleno funcionamiento, lo que equivaldría a decir, también, en estricto nacimiento. La dificultad de la tarea es absoluta: Mauricio Medo nos habla de esos cruces híbridos de la lengua, lo que nos lleva a esas dos reconocidas proposiciones de Jacques Derrida: 1- Nunca de habla más de una sola lengua; 2- Nunca se habla una sola lengua. Tal renovación teórica consigue relocalizar los signos que sólo pueden distribuirse mediante la inconveniencia del lenguaje poético.



4. Si hacemos caso a la afirmación del marroquí Abdelkebir Khatibi (1938-2009) sobre que la lengua “no existe”, entonces podemos inferir en que estos poetas elaboran su lenguaje materno desde una “división activa”, y es por eso que se trabaja desde la búsqueda de una historia y sus filiaciones. No se trata de poéticas de regeneramiento de las tradiciones, sino de escrituras contrarias a un determinado modo de intervenir sobre la tradición. Si el hallazgo que narra Medo (en un prólogo-ensayo a País imaginario, que dará que hablar) con relación a poéticas cercanas al objetivismo en Argentina (más referenciado en Joaquín Giannuzzi (1924-2004), que en la programática neo-existencialista de la nouvelle vague) mantiene raíces pre-seculares, es porque allí se marca el paso político-simbólico de ese registro anular de la lengua. Es decir, el corpus de heterogeneidad de la poesía latinoamericana actual refracta los insilios de una vanguardia que no pudo –por distintas razones, la mayoría político social- desarrollar en forma plena sus proposiciones discursivas. Que el ready-made, la poesía visual, destellos del concretismo brasileño, el neobarroco, la antipoesía de Nicanor Parra, la mirada fractal, cubista, puedan distinguirse en estos poetas como modos de intervención en el lenguaje, no significa con ello una recuperación de la vanguardia, sino la búsqueda, ahí sí, de un piso donde moverse. Desde algún punto de vista, se trata de poéticas dialectales. Siguiendo a Derrida, podríamos decir que estos escritores escriben en una sola lengua, no habiendo un idioma puro. Por lo tanto, debemos inferir que algunos de estos escritores trabajan a partir de marcas indelebles de aproximación al lenguaje de escisión manifestado en otras poéticas. En esta antología, encontramos rastros del neobarroco de los ’80, el objetivismo y el registro oral, la vanguardia contemporánea y el concretismo, etc.





5. Esto ya lo escribí, pero me gusta recordarlo ahora, y de esta manera: “Si la poesía es un régimen de versiones en versión, entonces la forma última, denominada poema, admite el derecho a la transformación del gusto. El gusto, pariente anónimo de la opinión común, soporta la conformidad de una idea sobre la estética. Si la estética es el imán de la ética, como trama Enrique Verástegui en su obra monumental, entonces los lazos entre poesía y ética son tan firmes como el puente de la estética que los une. Por supuesto, hablamos de una pasaje tan lábil y delgado, que la sola mención de la opinión sobre una obra, derrumbará el castillo de la invención. ¿La poesía está en las cosas cotidianas; o existe la posibilidad de llevar adelante una poética acméica, como decían sentir los poetas de la Edad de Plata peterburgueses (leningradenses: Ajmátova, Pasternak, Mandelstam & Brodsky)? La respuesta es un tanto wittgensteiniana: de lo que no se puede poetizar, mejor narrar. Esto pareciera haber mantenido un sentido para los líricos ingleses inmediatamente anteriores a Ezra Pound, y para los inmediatamente posteriores a Wystan Auden. Es decir: la poesía, en su forma abierta, mostraba en carne propia los límites de la refracción, a la cual Octavio Armand hizo referencia más de una vez. Una escritura que se refracta es una poética de la horizontalidad. ¿Pero por qué se refracta, y no absorbe; y por qué eliminamos el posesivo? La escritura poética, y sobre todo a fines del Siglo XIX en Inglaterra, orillaba aún entre los últimos balbuceos de un pastorileo insufrible. El sujeto poético era un ovejero alemán que no pastaba, y que se había domesticado en función de no ser succionado por la poética de las alabanzas. A todo este estilo pastoril le faltaba un escritor que organizara el rebaño sin destronar del todo los anteriores conceptos poéticos de una escritura, cuyo símil con la pintura, sería los lienzos de Constable o de Turner. Ese escritor era W. B. Yeats. La naturaleza, ralentizada por el artificio, ofreciendo una noción de la realidad tan comprobable como una fotografía retocada en la soledad del revelado. Alguien corregía el eje de la percepción, y a eso se le llamaba realidad; más tarde: neoclasicismo. Nada que provenga de un ánfora griega, vendida en el mercado como un estuche de anteojos para sol, dirá más sobre el presente que lo dicho igual de falaz, por su pasado remoto. Esa operación no es una "versión en versión", sino una per-versión, o movimiento hacia afuera de una estructura sintáctica por fin adulterada, pero que es la matriz significante de algunas escrituras.”





6. Maurizio Medo hila, uno por uno, los nombres de ese quipus de procedimientos, que forma parte de esta antología compleja, pero sienta precedentes en cuanto a la riqueza que ofrece. País imaginario construye, casi paradigmáticamente, un panóptico de multiplicidades. A su manera, reinserta un estado de diagrama de proposiciones estéticas. O mejor, existe en su poética, tanto como en la de Rodrigo Flores, una idea de demolición que transforma al poeta en un constructor de ruinas. Parte de esta nueva generación de poetas (los nacidos después de los ’70) no canta la zozobra sino que la transforma en naturaleza viva. La zozobra, en este caso, es la arena movediza sintáctica que allana el camino hacia una inusual dietética del signo. En estos textos existe una disposición por intervenir, interceder en el lenguaje como un tajo brutal, tratándose nada más de una herida que haga manar una lengua desde su salida de escala, no es sino lo idéntico a dedicarse de lleno en verificar lo ininteligible. En este caso, por ejemplo, observemos un tramo del poema del mexicano Rodrígo Flores, “Cállate, gringo”:





(Everthing is fine. I finished.) da miedo escuchar los


sonidos de la tragedia: desaparición de voces: ruidos,


paréntesis, estática. miedo de Los ruidos y la estática son


Allah is the greatest. Allah is the greatest. Allah is the


greatest. Allah is the greatest. Es un esquema


adaptativo del Stop. Las ausencias en el sit, sit down.


(Everthing is fine. I finished) constituyen un mecanismo


de supervivencia y defensa que permite al individuo


responder ante situaciones adversas. I would like to tell


you all to remain seated. We have a bomb aboard. Los


sonidos siempre son extranjeros. (One moment, one


moment.) VASP Flight 168, UTA Flight 772





Hay una metalengua, un pequeño tratado tex-mex de proponer y hacer circular la borradura, a través de un formato de mixtura de género y distribución circular del habla. Tal vez este caso muestre hasta qué punto los poetas de esta antología muestran un topos en común, una cartografía de licuación del habla. Rodrigo Flores tacha simple y doblemente las intervenciones lexicales del anglosajón, las relega al lugar de la tachadura, de la cancelación; pero al mismo tiempo nos expone un mapa de la acción en medialengua.





7. ¿Por qué estaré pensando en los textos del judeo-egipcio Edmond Jabès? Será, tal vez, por esa idea sobre el desierto, o mejor, de un desierto que no nombra la tragedia, y que al mismo tiempo se nutre de las proporciones del vacío (porque un escritor trabaja siempre sobre el detalle como una invención particular de la escala). Decíamos: de las proporciones del vacío sólo para evocar aquello que resuena en su río individual. Pero estas poéticas se problematizan fuera del yo, por eso lo “individual” se mantiene en el orden de la retractación del sujeto: el yo de estas poéticas construye su aldea como concepto, pero la invalida cuanto más se acerca a la mirada de Sísifo. Si bien no son míticos –a los sumo se podría llegar a hablar de mitografías-, estos textos involucran, de alguna manera, al lector desde un asentamiento del poder reversible. El hombre es más humano cuanto más minúscula es su posición entre los pares. Es el principio de la humildad entre las personas, pero también es la consecuencia de la autoconciencia de los seres que la habitan. El ensayista y poeta tijuanense Heriberto Yépez nos dice que el concepto de tradición le produce “descontento”, aunque si la obra es símbolo, lo es a partir del recuento invisible de poéticas en funcionamiento. No se trata de un movimiento concéntrico agitado alrededor de la práctica de cortar versos, sino a esa división de lo mayor a lo menor a la que refiere Yépez en algunos de sus ensayos, y que en definitiva es la definición más fidedigna del comportamiento unicelular del mito. ¿Pero por qué leo la antología y pienso, cada vez más, en Edmond Jabès?





8. “El diálogo entre pensamiento y poesía evoca la esencia del habla para que los mortales puedan aprender de nuevo a habitar en el habla”. Esta frase de Heidegger estructura el mecanismo de apropiación de la lengua de estos textos. En estos poemas, los muertos viven porque sus uñas se alargan, y los vivos quedan adheridos sin religión a los años de la peste. En ese núcleo de pauperización de la vida, los hombres son la marca de una resistencia a convergir en un centro, por lo que aquello de pintar la aldea, se convierte en demarcar la frontera. Decimos: la frontera es escisión. ¿Qué es lo que se escinde en estos trabajos? Lo que se divide, digámoslo ya, es el modelo de tradición periférica de la escritura. Y nuestros autores lo hacen en forma deliberada. Dividir no es alejarse, sino multiplicar la distancia entre el objeto de deseo y la aprehensión de ese deseo.





9. Breve corrección sobre un escrito sobre Ashbery: continuidad sinuosa contra acumulación discontinua. ¿Y si no existe el versus en el verso, y los mecanismos sencillamente se amalgaman, funden, se conectan? Estos versus dialogan en el laboratorio de la escritura, y fuerzan una idea de posmodernidad que habría que neutralizarla. La poesía, de esta manera, sería esa continuidad sinuosa, de la que habla Jameson, y de la que en su invisibilidad, toda la obra del nacido en Rochester asiste con fragmentos definidos. En estos poetas, entonces, lo homogéneo será esa sinuosidad que podría traducirse como "huidiza", asintáctica, malversada por distintos métodos de composición. Pienso, ¿qué es lo que más les molesta a algunos lectores de la poesía de Ashbery? ¿Que sus poemas parezcan una prolongación de una salchicha? ¿Que digan lo poco que hay que decir con palabras igualmente pobres? ¿Que no defina su género? ¿Que consiga deplorar la poesía tal y como la conocemos? Mientras se analiza si la continuidad sinuosa es irrelevante en detrimento de una acumulación discontinua, el pobre Ashbery sigue escribiendo libros starting out; desconoce todo acerca de estas maniobras, a las que no califica porque no conoce, no está enterado, diciendo que no puede atender a cada uno que se le ocurre descalificar un libro suyo, sólo porque no se trata de un lector ad hoc. Lo que sí sabe es que un escritor, fuese poeta, narrador, dramaturgo, confía en su perplejidad y en el modo en que ésta se traduce en nuevos libros, raros, rarísimos, fuera de concesiones.





10. La misma idea de génesis se transforma en esa interrogación que es el gérmen del dilema proyectado. Cuando abordamos la pregunta, cualquiera fuera ésta, incluso la que mayormente nos representa como géneros propios de la impotencia especular (pj: ¿qué cosa es hoy la poesía?), no podemos sino dirigirnos a nosotros mismos para refinanciar nuevas dudas. La pregunta no tiene respuesta, es sólo interrogación misma. En el desmontaje de esta insuficiencia, a veces, encontramos ritmos del pensamiento que o bien estaban demorados por la improvisación, o bien sujetos a la omisión de la estructura. La poesía no tiene una fórmula determinada, aunque pareciera ser un objeto crítico definido. Nada de eso. Por razones distintas, la poesía latinoamericana de los últimos años se encuentra en una etapa de re funcionalización de los nexos arrebatados por las sucesivas crisis socio-políticas. Lo que reacciona como sostén es la forma invisible de circulación de los libros de poesía. Tal vez no se lea poesía, o la nueva poesía (todo en un sentido masivo, claro), porque aún su forma de intervención se encuentra arribando a un lugar indefinido de convocatoria. Y si ese lugar es de tal modo definido, ese sitio, que no necesariamente la crítica debe circunscribir para amplificar, aún se implica clandestino. Clam, remite a secreto; celare, esconder. Proviene de clandestinus, obvio, latín. Por ende, aquello clandestino es lo secreto o que se desea mantener oculto, en especial por temor a la ley o a las autoridades.


Si estas certezas a medias parecen interrogantes, es con relación a lo que plantea el corpus de un libro como País imaginario, lejos de ser una antología, como ya dijimos, y cercano a lo que pudiera ser una muestra, tal como lo fuera Medusario, pero en definitiva se trata de una publicación cuyo objetivo es poner en escena una lengua en permanente tensión, por fuera de cualquier visión tranquilizadora del trabajo poético.





domingo 9 de octubre de 2011

El poeta que salió de la oscuridad *

Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) parece un fugitivo. O mejor, la poesía de este sueco que obtuvo sin discusiones el Premio Nobel de Literatura 2011, es una fuga en sí misma, silenciosa, cuya marca de orillo es la transparencia de la palabra, la solidez de las imágenes incrustadas en un paisaje sórdido, invernal, agobiante por la permanencia de una naturaleza hostil y nocturna.
Sin embargo, cuando nos entrometemos en el mundo de Tranströmer, percibimos de inmediato que la construcción de esas imágenes son pasajes mentales posibilitados por una deriva ficcional, que por momentos logra sacarnos de ese agobio, bien nórdico, con el que se construye la mayoría de los preconceptos. En su aparente mundo traslúcido se empalman conexiones a veces salidas de breves y fugaces trances míticos, o bien se trata del trabajo de condensación muy urdido, como poco poetas logran hacerlo. Una imagen replica otra, pero esa otra, a diferencia de la primera, se elabora con relación a otra realidad. Tranströmer sugiere que el mundo interior de un creador es la puesta en escena de tantos planos como efectos posibles de las emociones. Y eso, aunque su poesía simula una simpleza extrema, implica un viaje infinito hacia las profunidades.
Para pensar la poesía del autor de Bálticos, hay que dejarse llevar por su trazo cinematográfico, la adulterada austeridad de un metro en apariencia clásico, pero que desmonta la realidad primaria desde una oscuridad reservada para el ojo que todo lo quiere ver.


Tranströmer tiene poemas emblemáticos, de aquellos que conocen el hueso del deseo y que impone su mirada universal porque en la ausencia de información está el enigma de sus versos. Eso, también: Tranströmer es enigmático, por ese mismo motivo es huidizo, hipnótico.
EL NOMBRE. Siempre recuerdo el poema con el que supe que había un sueco, con rostro de sueco, de apellido complejo y poesía muy estilizada, ese texto es “El nombre”, de su libro Ver en la oscuridad. El poema traza una situación que se presenta simple y ambigua, y por ese mismo motivo de factura eminentemente poética. El poema narra el viaje de un hombre en coche, y que se queda dormido en la carretera; le gana el sueño, por eso se acurruca en el asiento trasero del vehículo.
Duerme, o está en un entresueño. La sutileza es tal en ese texto, que lo que parece real y sencillo de desmontar en lo descriptivo, comienza funcionar como una ficción psicológica. Porque de pronto aquel hombre (el poeta, o quien fuere: no importa) se despierta y no se reconoce, escucha en su instante sedado las trompetas de la obertura de “Leonora”, y en ese estado de confusión -más emparentado a un shock post-traumático, por lo que en apariencia debiera tratarse de un accidente en la ruta, más que un cansancio interior, que sin embargo es posterior- Tranströmer ve su vida de regreso, se interroga sobre su propia existencia, y arroja, casi al final de ese poema en prosa (no toda su literatura es prosaica) una frase tan justa como emotiva: “imposible olvidar la lucha de los quince segundos en el infierno del olvido, a pocos metros de la carretera donde fluye el tráfico con las luces encendidas”. Esa es la deriva de los textos de Tranströmer, de una belleza serena, delicada, casi pidiendo permiso para inocular el sentido de orientación del lector. Cuando uno se topa con una poesía así, cambia el gusto, ya no por la poesía en sí misma, sino en el modo de involucrarse con la lectura. El lector es la matriz del escritor, y por eso, los poemas de Tranströmer obligan a leer con mayor detenimiento, con la orfandad de relevar al asombro de su poder de novedad; leer a este poeta sueco es volver sobre los pasos de una larga caminata por un lugar bonito (cualquiera: un bosque sueco, o las grutas platenses frente al zoológico), y saber que de ese recorrido, se extraen imágenes potentes, y que por más fuertes que sean existe un colchón de proxiumidad ue nos ofrecen las palabras de un poeta muy hábil a la hora de dosificar las emociones.
UNA OBRA POR DESCUBRIR. Hay una muy buena muestra de su poesía en la antología que preparó el poeta uruguayo Roberto Mascaró para Hiperión, en 1992, con el aporte de Francisco Uriz, llamada Para vivos y muertos. Hay una edición anterior, de 1989, también con la traducción de Mascaró, titulada El bosque en otoño.
Existe además una antología más amplia, cuyo título replica el de uno de los libros del escritor sueco, El cielo a medio hacer, editado por Nórdica Libros. Esperemos que con este reconocimiento, su obra circule más allá de algunos poetas y lectores curiosos, ávidos de una poesía fuera de orden. Sin duda, a la par de Harry Martinson y Günnar Ekelof, Tranströmer es una de las voces de su país, y del continente europeo, más relevantes desde la última posguerra.

* Publicado en el diario Diagonales, el 7 de octubre de 2011.

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NOCTURNO


Por un pueblo conduzco de noche, las casas aparecen
En el resplandor de mis luces – ellos están despiertos, desean beber.
Casas, galpones, letreros, vehículos abandonados –es ahora
Se visten ellos mismos en vida. La gente duerme:
Algunos pueden dormir en paz, otros con rostros tensos
Como si estuviesen estrenando para la eternidad
No se atreven a soltarse completos a pesar que sus sueños son pesados.
Descansan como barreras caídas cuando cruza el misterio.
Afuera del pueblo el camino se alarga entre los árboles del bosque
Y los árboles los árboles en silencio entre ellos
Tienen el color teatral que tiene el brillo del fuego
¡Qué claras son sus hojas! Me persiguen hasta la casa.
Me acuesto a dormir, veo imágenes desconocidas
Y signos suben solos detrás de las pupilas
En la oscuridad de la muralla. En la rendija entre en vela y el sueño
un gran carta intenta colarse en vano.





TORMENTA


De pronto el viajero halla el viejo
gran roble, como un alce de piedra,
ancha copa en el cenizo fortín del
mar de septiembre.

Tormenta del norte. Tiempo de serbas
maduras. Despierto oye en la noche
las constelaciones estampadas
sobre el roble.

sábado 8 de octubre de 2011

"Este es el estado de decrepitud exacto que necesito para vivir" (Rafael Cippolini)

Lo acabo de leer en la "Ñ": el amigo Cippolini habla de sus errancias, de sus derivas, y no sé si existe una forma más convincente de circunscribir su literatura (porque eso es lo que hace, más allá que su talento esté destinado al ensayo, básicamente), y lo escribo en el momento en que escucho un disco de los Camper van Beethoven, leía en la cama de este sábado lluvioso y en apariencia horrendo "Demonia Factory", del ecuatoriano Ernesto Carrión, y bailaba la vista por un capítulos de "Mil mesetas", de Deleuze y Guattari, sobre todo el que determinaba el régimen de la novelas cortas, tres para ser precisos. Quedé circunscripto, aunque sea en este instante, por esa mirada sobre el desorden del que hablaba Rafael, un fuera de catálogo permanente y me pregunto qué tipo de artefactos, de objetos trouvé estamos construyendo con esa "decrepitud" inorgánica, que nos devuelve a secas un orden relativo pero domesticado por la segmentariedad.
Tal vez la literatura que hagamos sean series funcionales a esa inadecuación del catálogo, reversionado por un coleccionismo imperceptible, una suerte de simultaneidad de adherencias que sólo en nuestras cabezas trabaja como una bibloteca personal, imantada por ese comercio secreto entablado por la escritura.

La pregunta sería a qué altura / tiempo del ojo lector ese aparente desorden comienza a organizarse? Seguro que Cippolini tiene la respuesta. En la poesía eso está más claro, porque la pregunta sería inconducente, ya que la escritura poética no sigue necesariamente el derrotero lector, sino los chispazos de las emociones en la lectura. Algo así me pasa con Libertella, y lo digo en función de que Rafael está recopilando, como dice la nota de "Ñ", la obra no édita de este tremendo escritor de Ingeniero White. Siempre leí a Libertella como si tuviera delante un texto lírico. Tal vez sea deformación profesional, pero me gusta intervenir desde la desmentida de los géneros; lo mismo me pasa con Deleuze: no leo sus textos como filosofía -nada de negativo hay en hacerlo así, se aclara- sino como estados de versiones en versión de los conceptos filosóficos, cuyo entramado infinito logran una red de derivas posibles de urdir en un pensamiento creador por fuera de la lógica sintáctica. Somos escritores sin público, a la caza del lector, con la neesidad de ser leído por los pares. El estado de decrepitud al que refiere nuestro magnífico ensayista patafísico no es otra cosa que organizar el ojo para quienes tengan la misma aventura de meterse en camisa de once varas, y escanear la dificultad con la virtud de un lector asombrado. La foto del creador de Contagiosa paranoia con sus libros es la intantánea de la cabeza de un hombre que piensa que la única forma de organización proviene de las asimetrías. Eso que decía Deleuze que nadie sabe si dos bordes, fuera de toda lógica, finalmente convergirán en una fibra. Nadie lo sabe, ni quiera Cippolini. Fabuloso.

jueves 6 de octubre de 2011

Dos poemas del Premio Nobel 2011 de Literatura, Tomas Tranströmer

LA CASA DEL DOLOR DE CABEZA *
(inédito en libro)

Me desperté en el mismo centro del dolor de cabeza. El dolor de cabeza es el lugar donde debo permanecer y por esto me he quedado sin recursos para pagar alquiler en ningún otro lado. Me duele tanto el cabello que se está volviendo canoso. Duele dentro del nudo gordiano, el cerebro, eso que desea tántas cosas, en diferentes direcciones. El dolor es una medialuna que cuelga medio dormida en el cielo celeste, el color desaparece del rostro, la nariz señala hacia abajo, toda la vara del zahorí se tuerce hacia abajo, hacia la corriente subterránea: el dolor. Me he mudado a una casa que fue construida en lugar erróneo, hay un polo magnético casi debajo de la cama, casi bajo la almohada y cuando el tiempo cambió, encima de la cama, hubo un corto circuito. Una vez tras otra intento imaginarme que un enorme cascanueces pellizca con un agarrón milagroso de las vértebras del cuello, algo que de una vez para siempre enderezará la vida. A propósito, no sólo hay dolor en mi cabeza privada. El mal se relaciona, entre otras cosas, con las negociaciones de paz en París que se han “malogrado” y la expresión “malogrado” se proyecta en la pantalla de aquí dentro. También duele porque las cartas quedan sin responder,
porque ayer estaba enojado, porque uno derriba la vieja y fea casa para construir una más fea aún. Pero la casa del Dolor de Cabeza no está madura para ser eliminada. Antes tendré que vivir allí una hora, dos horas, medio día. Antes dije que era un lugar, luego he cambiado diciendo que es una casa, pero la pregunta es si no será una ciudad entera. El tráfico se desliza implacablemente lento. Los diarios aparecen. Un teléfono suena.

*Extraído de http://www.robertomascaro.com/traducciones_transtromer3.htm, blog del traductor y poeta uruguayo Roberto Mascaró.



DESHIELO A MEDIODÍA

El aire matinal repartió sus cartas con sellos incandescentes.
La nieve iluminó y todos los pesares se alivianaron: un kilo pesaba
apenas setecientos gramos.

El sol estaba alto sobre el hielo, volando por el lugar, caliente y frío
a la vez.
El viento avanzó lentamente como si empujase un cochecillo de niño
frente a sí.

Las familias salieron, vieron cielo abierto por primera vez
en mucho tiempo.
Estábamos en el primer capítulo de un relato muy intenso.

El resplandor del sol se adhería a todos los gorros de piel,
como el polen a los abejorros,
y el resplandor del sol se adhirió al nombre INVIERNO
y se quedó allí hasta que el invierno hubo pasado.

Una naturaleza muerta de troncos, en el lago, me puso pensativo.
Les pregunté:
«¿Me acompañan hasta mi niñez?» Respondieron: «Sí».

Desde la espesura se escuchó un murmullo de palabras
en un nuevo idioma:
las vocales eran cielo azul y las consonantes eran ramas negras
y hablaban
muy lentamente sobre la nieve.

Pero la tienda de saldos, haciendo reverencias con su
estruendo de faldas,
hizo que el silencio de la tierra creciese en intensidad.

martes 20 de septiembre de 2011

Carta a las editoriales independientes, por Heriberto Yépez (*)


Como comprador de libros mexicanos, sé que uds. —las editoriales independientes— dicen encargarse de los libros inteligentes.
Aldus, Alias, Almadía, Sexto Piso y Tumbona, por sólo nombrar cinco, tienen colecciones coleccionables. ¿Error gramatical? No: rareza editorial.
Un catálogo de riesgo como el de Joaquín Mortiz hace cuarenta años, hoy es impensable. La poesía y el ensayo no interesan ya a las transnacionales; sólo interesadas en cierta novela y obras de venta fácil. ¿Libros de arte? ¿Crítica? Vaya preguntas. Se wallmartizaron.
Pero un problema de las edit-independientes es que no distribuyen bien. ¿Falta de recursos, profesionalización, Depto. de Anti-Ventas?
Y escasa atención al cliente.
Hace tiempo casi tuve que rogar a Taller Ditoria para comprar un libro suyo.
Finalmente obtuve su cuenta bancaria, deposité mil pesos por libro y mensajería. Tardaron más de un mes en enviármelo. Sólo después de insistirles.
Casos similares atravesé con otras edit-independientes, ¡incluso cuando aclaraba que me interesaba comprar el libro para reseñarlo!
Su presencia en internet no es activa. No se han organizado para tener una web de venta de todos sus títulos.
Por suerte, ya realizan la Feria del Libro Independiente.
En Estados Unidos hay una distribuidora y alianza de pequeñas editoriales llamada Small Press Distribution (SPD), situada en San Francisco.
SPD es operada por escritores experimentales norteamericanos y voluntarios, y se orienta a vender libros alternativos, de izquierda, feministas, ecologistas e impopulares.
SPD, además, organiza foros, lecturas y promoción de obras y visiones literarias innovadoras y contra-hegemónicas.
SPD tiene un catálogo impreso y electrónico estacional, que nos entera de todos los títulos que han publicado las decenas de editoriales que vende.
Las editoriales independientes mexicanas desgraciadamente no tienen una política cultural tan intrépida ni una plataforma colectiva.
Las grandes editoriales ya tomaron su decisión: es comercialmente respetable. Y culturalmente desastrosa.
Uds., las editoriales independientes, en cambio, apuestan por la literatura.
Y como sin uds. casi no habría novedades literarias profesionales en géneros no-populares, se han vuelto estratégicas para nuestra cultura del libro.
Pero necesitamos que su apuesta sea completa. Los lectores queremos que nos permitan apoyarlas.
Queremos un catálogo completo de sus libros. Lo queremos en internet YA.
Queremos también que radicalicen sus catálogos. La crisis lo exige.
Queremos también que si reciben fondos públicos, abran convocatorias transparentes para publicar. Democratícense.
Pedimos lo difícil. Los lectores independientes lo merecemos.
El libro sobrevivirá por ediciones indie y bibliómanos.
Atte., sus únicos aliados: Nosotros, los Lectores Locos.


* Editado en la revista Milenio, el 17 de septiembre de 2011.

lunes 18 de julio de 2011

Patten y los Scaffold

Existe una manera de intervenir sobre la lectura, y esa es la escritura. Leyendo algunos textos de Brian Patten (Liverpool,1946), cabe la posibilidad de encarar un modo de escuchar a un grupo tan ecléctico, teatral, y performático como The Scaffold, una especie de The Fugs de Liverpool, de mitad de los sesenta. Mike McGear (o Michael McCartney, hermano de Paul), Roger McGough y John Gorman, son los artífices de este extraño y meritorio grupo inglés, cuya última finalidad era pasar a la posteridad, pero rápidamente. Alguna vez debiera hacerse un puente real entre ese tipo de producción artística y la superficie promocional que involucraba toda una época. Al leer algunos poemas de Patten (que formaba parte dcel grupo de letristas de The Scaffold), se puede entender qué tipos de cruces dialogan entre la poesía del poeta de Liverpool y la de Ted Hughes: economía verbal; la puesta en escena de los tópicos prosaicos de la lírica de fines del siglo XIX y principios del XX, y, en menor medida, la utilización del argot de los suburbios anglosajones, y del lenguaje post-industrial de aquella época. Escuchar a los Scaffold es reconstruir el privilegio verbal de la contaminación oral. Larga vida a The Scaffold y a Brian Patten!


VIAJANDO ENTRE LUGARES

Sin dejar nada y sin nada por delante;
cuando te detengas por la tarde
el cielo estará en ruinas,

cuando oigas los pájaros tardíos
cantar sus cansadas gargantas,
piensa cuán bueno es que ellos,

sabiendo que tu vienes,
te esperen a saludarte
a ti que viajas entre lugares

cuando al final de la tarde
pían entre los árboles, cuando
nada en particular importa.


BRIAN PATTEN




The Scaffold interpretando uno de los temas más emblemáticos de su carrera, Lily the Pink. Eran bastante mejores que esta pieza.

sábado 2 de julio de 2011

El Lobo se quedó sin épica




Ya está, encontré la cita que mencionó Roberto Raschella, durante un diálogo público que tuvimos la noche del jueves 30 de junio de esta año, en el Centro Cultural Islas Malvinas: "A veces, por las tardes, cuando voy a un bar que está aquí cerca me permito pensar por un momento en la escritura y es evidente que aparece una leve onda de sosiego, es como si me fuera dado encontrar una épica en esta vida monótona que llevo. Es que nunca en mis libros inventé una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada y esto ahora ya no puede ser. Me quedé sin épica." Esto se lo dijo ese tremendo escritor que fue Néstor Sánchez (1935-2003) al amigo Lautaro Ortíz, para el suplementoi Radar, de Página 12, en 2001. Ese jueves descendió Gimnasia a la B Nacional, y como todo el mundo comprenderá, un descenso de categoría es un viaje a las profundidades, y eso me pasó cuando dialogaba con Raschella, y con el moderador Ramón Tarruella: hubo un momento en que hablaba y estaba descendido al mismo tiempo, y pensé que aquello que quería recordar el autor de "La casa encontrada" (Raschella), como anillo al dedo venía. El Lobo se quedó sin épica. Y tal vez eso sea su punto de reestructuración, o mejor, de reinvención. La épica trabaja, desde lo subjetivo, sucesos cuya validez está en el relato oral, pero sin comprobación posible. Gimnasia trabajó con la leyenda, desde la leyenda. La idea de abnegación, de hacer frente a la adversidad, de seguir el destino del pueblo derrotado por las variables de los poderosos. Todo eso, que tuvo y tiene un sentido dinástico en la pacialidad mens sana, y en quien escribe, desde ya, cayó por su propio peso. La historia, entendida como una forma de la épica, resiste hasta donde puede. Cuando se baja a esas profundidades, que en este caso en la B Nacional, pero podríamos simbolizar la cosa, parte nuestra realidad se contrae, se repliega hasta desaparecer. Nada será como era entonces. El famoso axioma "barajar y dar de nuevo". tiene sentido cuando no se repite el mismo esquema, y en este caso, Gimnasia debe resurgir de esas cenizas pero con un fuego distinto, ya no ese "fuego sagrado", sino una combustión que haga del club y de lo que representa el mismo en la ciudad y en sus adherentes, un modo de intervenir diferente. Reconstituir lo futbolístico es convertir la leyenda en relato fenoménico, visible, litigante con la historia. Da la impresión que Gimnasia, como club de fútbol, como institución, llegó a a su límite épico: no se puede relatar más sin volver a escribir de nuevo. Y pocos equipos tienen la suerte de comprender esto. Por eso el Mellizo Barros Schelotto es GRANDE, porque supo terminar el relato épico en el momento justo, y ese momento es cuando muere el héroe. Por lo tanto, no habrá resurrección, sino un nuevo texto que reinvente las hazañas del Lobo, pero desde una matriz más concreta, no tan mítica, y esto está por verse. Gracias a Raschella lo entendí: el Lobo se quedó sin épica, aunque en la nueva forma de construir el relato estará la fórmula de la perpetuación lobuna.
Hace falta una contraépica.
Dale Lobo, carajo.

lunes 13 de junio de 2011

La editorial mexicana Praxis edita "Nagasakipanema", de Víctor Sosa



Tapa de Nagasakipanema, de Víctor Sosa, editado en México por el sello Praxis. El prólogo lo escribió un servidor.


Como ya adelantáramos en este blog el prólogo que escribí para esta edición, sólo resta buscarlo, y nada más. Volveré a señalar que el libro de Víctor es un extraordinario ensayo sobre los límites del sujeto creador, y cómo al traspasarlos, la escritura se convierte en un estilo desbocado, pero de una personalidad única, precisamente cuando uno consigue meterse en el ritmo del texto. La voz alta ayuda, sin duda. El arte de tapa es una síntesis muy clara de "Nagasakipanema", pero también de los libros que viene publicando Sosa, sobre todo después de "Decir es Abisinia". Consíganlo y a leer, que comienza en mundo!

Víctor Sosa, en un encuentro reciente en Brasil.

sábado 30 de abril de 2011

LA HISTORIA DE UN ATAJO (Sobre La flor del extérmino, de Andrés Ajens. Editorial La Cebra) *


1. Este nuevo libro de Ajens, al igual que su anterior texto, El entrevero, es un trabajo desplazado de género, y se inscribe dentro de una familia de ensayos-ficción-antropológica cada vez más usual en América Latina; pienso en El aliento del dragón, Horizontes de juguete y El pez volador, de Octavio Armand, o Por los pasillos y Reflexión Esponja, de Reynaldo Jiménez, o Cuerpo a diario, del cubano Gerardo Fernández Fe, y más allá del continente, Bélieres (traducido como Carneros, por Amorrortu), de Jacques Derrida; hay un patrón común: se tratan, la mayoría de ellos, de textos que superan el límite del contorno críptico, para dar paso a la mezcla de géneros, la deriva propositiva, y el afianzamiento, para decirlo de una manera más programática, de una pensamiento rizomático. Muy bien, La flor del extérmino proviene de ese árbol donde la fruta está por masticarse, pero si cae el fruto y no se consume, se agusana, o como se dice comunmente, se pasa. Es decir, Andrés Ajens escribe textos que, en apariencia, tienen su tiempo de lectura. Libros que van articulando y desmontando sintagmas, ya de por sí dislocados. En este último, regenera la imprevisión de trabajar capítulos, aunque su tarea no es ficcionalizar la lengua, sino dejarla atrapada por la tensión entre un tejido de mutaciones. Del aymara al quechua, en lenta descomposición, Ajens consigue reactualizar la ruta del menudeo de la intracultura amerindia. Trabajar desde el trapicheo de los vocablos es descapitalizar la palabra, inadvertirla como flujo de condicionamiento del lenguaje, y es allí, entonces, que Ajens internaliza lo que debiera haber sido, sin duda, una batalla personal contra el lenguaje. No es sencillo trabar una disputa desde ese sitio, con el lenguaje, para con el lenguaje: eso es lo que realiza nuestro vecino de Pirque. Hay un segmento en esta obra que es absolutamente revelador. Ajens asegura que la lengua europea es un cheque de viajero (traveler’s check), y vale por su valor de intercambio; y luego compara los efectos de esa lengua con los dialectos amerindios, y ese comercio se corta, en algún lugar no se vuelve intercambiable.

2. Podríamos pensar que La flor del extérmino es un largo recorrido por una moebius sintagmática, donde se describe, como módulos impersonales, las variantes semánticas, pero también la utilización maniquea del sentido, de aquellos vocablos que adulteran el sintagma, que es lo mismo que desactivar el mecanismo de la oralidad.
Hay algo en la escritura de Ajens que nos provoca la pulsión necesaria a seguir leyéndolo. Y eso ocurre porque su escritura poética y la ensayística tiene el mismo rigor e idéntico grado de dificultad. No existen fronteras definidas, salvo por el curso antropológico, indudable, que tienen sus reflexiones, que en verdad son derivas de un sistema epistemológico que trabaja desde el meollo de la lengua. Algo así como una “historia personal de un límite”, o mejor diríamos de un ex límite, porque en ese sentido, lo que trabaja Ajens es la difuminación de las fronteras genéricas (y si no fuera por que ya está instalada una demonizada metáfora agroindustrial, llamaríamos a su literatura, transgénera). En ese sentido, vale recordar que nuestro Héctor Libertella, cuando hablaba de pastiche, lo hacía con relación a la forma última del texto perverso, que trabaja con el escrito Originario para empastarlo, desviarlo hasta trabajarlo todo desde una escritura que suceda a otra, nuevamente desmentida.

3. La flor del extérmino mantiene para sí una escritura estratificada. Es posible ver en ella, como un corte transversal de un hormiguero, qué cosa ocurre en el libro de Ajens, lo mismo si fuera un organismo vivo, multiplicado por una o varias coordenadas que van acoplándose a medida que se superponen los territorios de sentido. Y uno de esos sentidos, que lo atraviesa todo, y que demarca el libro como un constructo flexible, desplegable, una especie de origami radicalizado por la palabra, es el texto Tragedia del fin de Atahualpa, de Jesús Lara. Como el Derrida de las Aporías, Ajens se pregunta por el comienzo del fin, o para decirlo por fuera de los límites de la interrogación, nuestro autor se pregunta desde la “experiencia de frontera como experiencia de término”. Lo que propone Ajens es esa triple estructura de la extralimitación derridiana, en la acual la afirmación, la negación (o mejor, la denegación) y la interrogación, en lenguas como el quechua y el aymara, se prestan el sentido de la propiedad. Y para eso necesita nuestro autor arribar a conclusiones tan arriesgadas como furtivas: que “no habrá habido literatura en los Andes prehispánicos salvo en traducción, y traducción nomás de lo aparente: lo que (se) muestra”, para después poner en crisis la misma entidad del autor de Tragedia del fin de Atahualpa. Ajens bascula desde el suelo de la traducción para proponer una lectura de lo aparente, lo que coloca su trabajo en una esfera por fuera de los bordes de la literatura, y lo acerca a la proposición especulativa. ¿Qué intenta construir el discurso de La flor del extérmino? Básicamente una determinación de la lengua, territorial y lingüística, pero por sobre todas las cosas una “venida sin paso”, como un modo de atravesar, interesar y por fin, intercambiar las posibilidades del lenguaje. En el mundo de Ajens, más allá del rodeo permamente del signo, nadie tiene derecho a estar segutro de nada.

4. La flor del extérmino es el capítulo extensivo de El entrevero, publicado por la editorial Cuatro Propio, no mucho tiempo atrás. Es la maquinaria aceitada de una mixtura muy compleja de realizar, porque ensaya variantes que van más allá del acopio estilístico y de un mecanismo de procedimientos. Las indagaciones de Ajens van directo al corazón del problema literario, y aquí, problema, debe leerse como aporía, como el lenguaje fuera de lo relacional entrevisto desde la dificultad, que es una forma de intervención desde la praxis, o desde una política huidiza de la lengua. Es allí donde Ajens entrelaza dos poéticas bien diferentes, pero no necesariamente desestimadas desde su dirección: la de Celan y la de Bustriazo Ortíz. No es la primera vez que el escritor chileno unifica desde la reflexión horizontes al parecer poco amalgamables. Ajens toma un atajo filológico (es más, este libro que presentamos es la historia de un atajo) que es desmontar en forma cubista la palabra exterminar. Pasada la frontera del término, la palabra se reproduce desde sus efectos orales, sus rebotes históricos, y más tarde, sus reverberos antro-artropológicos. Ajens sigue la ruta del vernichtet, una palabra cuyo sobrepeso perimetral en la hoja en blanco de Paul Celan, va más allá del reemplazo directo en castellano de “exterminados”: se trata de traspasar el límite, ir contra el ahorro del dolor, bajar desde el poeta que entendió que “Dios decidió SER HABLADO”, a la ocupación física de la cancelación por la cancelación misma. Un verdadero exterminio lingüístico y proporcional a la inversión propuesta por los dos autores antes mencionados. Andrés Ajens disecciona el poema “Balada arcaica”, de Bustriazo Ortíz y se pregunta, en forma inquietante, si este texto clausura el ciclo abierto por Sarmiento, y se consteta: tal vez. No se trata de un ejercicio de colocar en el lugar de la afirmación un nicho de ambigüedad, sino proponer un tramo más, un escalón significante que ocupe el lugar de una lectura. Y ese lector-Ajens ubica el texto de Bustriazo, cuyo leitmotiv es “no me prendas la flor del exterminio”, como un reverso del Facundo, lo que es decir el negativo de la aniquilación, o de la propuesta llevada con éxito de la cancelación física y simbólica del indio. De alguna manera, Ajens dispone de un aparato normativo sobre el texto de Bustriazo que consigue amplificar los alcances del mismo. Es como si lo extrajera de una frontera invisible, incluso a la mirada del lector de Bustriazo, para sacarlo también de su primer encantamiento. En ningún momento Ajens triangula con la literatura cuando desmonta “Balada arcaica”, sino que pone a funcionar desde la literatura los efectos de ese texto con relación a la propuesta global de La flor del extérmino. Y en ese aspecto, podemos señalar que la propuesta del libro es entablar un diálogo sin ambages entre lenguas, como si fuese un Champollión trasandino que ubica su Rosetta particular, y a partir de allí, distribuye un secreto. Por otra parte, la conexión entre Ajens y Bustriazo Ortíz, muerto a mitad del año pasado en La Pampa –y cuya obra es una forma de iceberg super árido, donde lo que asoma es la obra édita, aunque el cuerpo principal, permanentemente hundido, sigue sin conocerse en su totalidad-, va más allá del lenguaje. Ajens también parece ser un escritor descoyuntado, lo más parecido a un triturador de signos, o mejor, un trabajador fractal de la palabra. Sin duda, este texto, y el anterior, El entrevero, se meten de lleno en la mejor tradición experimental de los textos reflexivos americanos, y esa tradición babeliza todo lo que toca, como Galaxias, de Haroldo de Campos, recientemente traducida por el amigo Reynaldo Jiménez para La Flauta Mágica, una editorial uruguaya que se las trae. Recuerdo otro libro pariente a los de Andrés: Mallarmé, de los hermanos De Campos y Decio Pignatari. Collage, traducción, versión, cita, etc. Una especie de texto total donde se impone una mirada sobre la literatura, y a esa especie de bestia omnívora pertenece la obra de Ajens.

5. La poesía es un régimen de versiones en versión. Si esto es así, y de un modo lo afirma el ensayo de Andrés Ajens, entonces la forma última, denominada poema, admite el derecho a la transformación del gusto. En ese aspecto, el libro de Ajens no trabaja a partir del sinsentido –lo que sería, de todas maneras, una fórmula insuficiente- sino sobre la imprecisión; y como diría César Aira, la imprecisión del sentido se revela en el pasaje de la traducción. Ajens reelabora, hablando de Paul Celan, los efectos móviles de palabras recurrentes, tanto en el poeta rumano-teutón, como en gran parte de la filosofía heideggeriana, y estas palabras son Vernichtung y unheimlich, algo así como “la destrucción” o el “aniquilamiento”, en permanente fusión con lo “siniestro”, lo que revuelve las aguas profundas de los temores más añosos, e indescriptibles. Y para no ser tan propositivo, Ajens nos previene de la legibilidad, porque exhibe un mundo intercontectado de pensamientos en sucesión de devenires: llega tan lejos como profundo es el lenguaje de los que no hablan, apenas balbucean, o bien de los que se ven eximidos de comprobar la circulación del discurso. El lenguaje de Ajens no comunica, sino excava; no revela, sino que descubre; y no impone una sola lectura, porque huye del sentido seguro. De ahí la fuerza del tal vez de Ajens, que es el de Celan, ese “tal vez” de la muerte cuando, una vez, fue alimento. Por eso, al igual que Celan, y lo mismo corresponde a Bustriazo, esta obra de Ajens elabora un epílogo que es la unión de distintos cruces, en apariencia insólitos. Pero, como cita el propio Ajens al hablar del autor de El Meridiano, “los poemas no son en primer término cosas que se escriben, no comienzan en el momento en que son puestos por escrito; son regalos para quien está atento o atenta”. Y ese obsequio es el asombro, que es el motor de cualquier lectura, para dar paso a un segundo asombro, que es el efecto de escritura. De allí que el procedimiento más apropiado para variarnos en La flor del extérmino, sea la segmentación, en el aspecto estructural del libro, y la elipsis, en el funcionamiento de la economía sintáctica, que siempre gana cuando avanza con mayor velocidad. Ajens llena, de esa manera, los espacios reflexivos con una melodía lógica, que lleva al mismo tiempo a la pregunta y a la indagación. Cuando uno abre este libro y más tarde, lo que signifique el sentido de la duración, lo concluya, caerá en la idea de que jamás leyó tanta cantidad de palabras concentradas. Y sin embargo, no será suficiente. Habrá que abrirlo de nuevo, ya no en la primera página, sino en el momento preciso en que La flor del extérmino se convirtió en uno de esos libros distintos a los que solíamos leer.

*Presentado en la Librería Fedro, Buenos Aires, el 29 de abril de 2011, junto a Reynaldo Jiménez, y el autor del texto, el poeta, traductor y ensayista chileno Andrés Ajens.

lunes 11 de abril de 2011

Encuentro de una mañana de verano a go-gó

Esa foto es un instante, cristalizado, preferencial de una instantánea de época. Si no se recuerda con nitidez la escena, es que pasó desaparcibida en el film; pero es una escena emblemática: siempre me pareció ese "momento de la sensación verdadera" (como reza el título de un libro impecable de Handke), algo más que la crónica de un hombre solo. Blow-Up está repleto de microescenas, breves y rápidas mutaciones con las que el tedio de un profesional vip se ve envuelto, como si la vida fuera un suceso reversionado a crédito. En ese momento de film de Michelángelo Antonioni, el fotógrafo (David Hemmings) está haciendo su trabajo. Y lo hace muy bien, con firmeza de director de cine.

El fotógrafo está dirigiendo a un grupo de cinco chicas, vestidas para diferentes ocasiones: todas representan las distintas facetas de una mujer joven, moderna, con una vida al parecer intresante, diversa, pasible de ser envidiable. Algo más que pequeño burguesas. Parecen modelos de Vogue, o para estos lares, de Para Ti, Vosotras, modelitos de Burda. De fondo, se escuchan los rasguidos sin letra de Butchie's Tune, un tema ultramelancólico de los Lovin' Spoonful, del disco Daydream, de 1966, año de realización de Blow-Up. Pero se trata de la foto de un adios. La película no volverá a ser la misma después de esa escena. Básicamente porque el fotógrafo no se hace entender, fracasa en sus indicaciones, y eso ocurre porque no está contactando con seres de carne y hueso, sino con maniquíes articulados, con sistema circulatorio incorporado, es verdad, pero no comprobable. David Hemmings está imposibilitado de ejercer su trabajo porque la parodia de la parodia se le viene encima, lo descontrola. Es el comienzo del film, y también es el comienzo del fin, ya que el fotógrafo supo lo que es ser asesdiado por la parodia, cuando un grupo de estudiantes pintarrajeados como mimos se le acercan, que acaba de subirse a un Rolls Royce, tras camuflarse en una fábrica, vestido de pordiosero. Doble siumulacro, el súmun de lo paródico. Pero esa escena, donde él corrije una postura de una modelo en forma brusca (o de una "muñeca", como efectivamente se refiere al su propio material humano y de trabajo), a otra chica le obliga a dejar de mascar un chicle, etc., también nos muestra la clase de autoexigencia y debate interior que tiene el fotógrafo.

Y ese simulacro con las modelos, además, lleva adelante algo que Antonioni desarrolló in extenso cuatro años más tarde, en Zabriskie Point, y que es aquello de describir la época desde la tensión del arquetipo. Blow-Up, como la serie The Avengers, o como los episodios hipercómicos de Get Smart en el boliche/tintorería de La Garra (desplazado por la torpeza fonética del agente 86 a La Gala o El Gorro), es la resaca a a go-gó de lo que aún no explotaba y de lo que pocos años después iba a estallar -el hippismo, como el final de Zabriskie Point, mientras los Floyd gratinan el aire con Cuidate del hacha, Eugene-; la disolución del fotógrafo que escucha lo que no aparece, observando un partido de tenis invisible, dramatizado por los mismos mimos que horas atrás repartían pancartas antibelicistas y en contra de la polución, ese descenso hacia su interior más profundo, insondable, reservado para existencialistas, no parece ser la marca necesaria del individualismo, sino los efectos del corrimiento del rebelde modélico, anticipándose a la banalidad consumista -se compra una hélice, porque sí- y no a la transformación de los objetos en hechos artísticos. Esas cinco modelos, como cinco Erinias anti-flower power, son las musas fijas de una percepción decadente del mundo. Blow-Up anticipa el choque racista en el final de Eazy Ryder, la desesperación volátil en The trip, o la violencia retrospectiva y portátil en Alice's Restaurant, para finalizar en las consecuencias del descompromiso político en Zabriskie Point. Se trata siempre de un final estético. El mar y la publicidad, pero también la falta de afecto en The trip, la detonación plástica, un arte pop ralentizado en Zabriskie, el crímen silencioso pero correcto desde la mirada confederada de un país, en Eazy Ryder, y la desaparición del fotograma de David Hemmings, muestran hasta qué punto se filmaba para decir que esa absurdidez de la vida, tenía varios finales comprometidos para una sociedad multifocal. Por eso, esas cinco chicas-maniquíes, mostraban que su ausencia de voluntad no era sólo en función de aceptar ser dirigidas por un ser talentoso pero oscuro, como el fotógrafo, sino que respondían a la postal malversada de una época. No se trataba de chicas que sufrían por los arrozales plagados de napalm o aceptaban el universo psicodélico como una forma de introducir en el cuerpo nuevas experiencias; estaban allí, paradas, congeladas por el clishé, por la mirada aproximada de la revolución cultural que ellas expresaban, pero en su versión más snobista. El a go-gó. Es la gran prolongación de la tintorería de La Garra, pero en versión ontológica. El mango de la guitarra de Jeff Beck, tomado como objeto fetichista, para luego ser arrojado en la calle. El arte visto como cosa utilitaria, rápida, de consumo feroz, cuya simbología desaparece en la medida que se reemplaza por otra. Larga y expandida vida al genio de Antonioni.