jueves, 17 de enero de 2013

Un poema para la Futoransky, dos poetas ecuatorianos, y el recuerdo de Antonio Cisneros



MMXI (Guayaquil, 27  de octubre de 2011- Lima, 6 de octubre de 2012)



                                                  a Luisa Futoransky
                                                           a Ernesto Carrión
                                                           a Cristian Avecillas


Ay, Luisa, ¿te acordás de ese hotel cinco *****
cuando bajamos molidos por el calor, a esa grieta
de aire que partía los íconos del río Guayas, en fila,
pareados por el malecón, con tu amigo Nacho,
uruguayo, en puro reboso ante aquellas instantáneas
de esa iglesia (barroca estalactita blanca y perfumada
por los siglos que pinchábamos de azoro), y al
descubierto, en esa placita tan pintoresca, con esos
lagartos inmensos y meones, y las tortugas obesas
de Galápagos, chapoteando en un estanque?
Desayunábamos encebollado de pollo, y juntos
bebíamos ese jugo de maracuyá que era una delicia
para nuestros órganos sedados por la realeza
de las carnes asadas. Luisa, apenas si podía trabar
comercio con la vista, ese último día nuestro frente
al Pacífico, degustando con Cristian, Ernesto y vos,
un cangrejo bermellón que casi deshago con un martillo
(gentileza del encargado del parador “El Bucanero”).
Ese día salimos de Guayaquil con 39 grados y todo
su peso en una resolana que licuaba el aliento, hasta
las costas de ese otro océano donde el viento fue
por fin benévolo. “Si rompes el cerebro”, dijo Cristian,
“si lo destruyes, arruinas el sabor para siempre”.
Mi golpe de martillo fue torpe, mas no tanto. [Dejar
de hacerlo es jamás volver a pasarse la lengua
por los labios]La carne limpia, blanca, criatura
que la ebullición dispuso como pana para limpiar
la piel de las antiguas misceláneas. Después, fuiste
sirena, porque nunca habías nadado en el Pacífico,
con ese traje de baño enterizo, negro, que al hundir
esos muslos en las aguas fueron los mismos que
transitaron años por el Louvre. Y nosotros tres,
uno con la toalla para socorrerte de una salida difícil,
vimos cómo al tocar el mar extendías los brazos,
y después tu mano izquierda sobre el hombro derecho,
igual que la mano derecha sobre el hombro izquierdo.
A qué clase de ritual fuimos invitados, qué tipo
de alfabeto interior cruzó el océano hasta volverlo
menos bravío. En el parador, las Pilsener se contaban
como lustros. Y nuestros anfitriones, Luisa, estaban
arrasados por la muerte voluntaria de una poeta de allí.
[“Mañana nos despertaremos en un mundo inundado”]
Después leímos cada uno líneas que nos pertenecen.
Pero vos seguiste rumbo a Cuenca, y yo, a La Plata,
donde regresar fue una forma de empezar de nuevo.
Nunca te conté qué suceso personal fue comenzar
como si nada hubiese ocurrido. Lo mismo un reloj
cu-cú cuando se descompone, y reintegra la sucesión
del tiempo sin ayuda nuestra. Nadie lo repara,
querida amiga, apenas darle vida a un mecanismo
y vivir de esa misma precipitación. [La luz tiene
la transparencia y la cualidad que separa las formas.
Parece seleccionar colores claros, los tonos viven,
donde se absorben los matices que luego desaparecen]
Amiga, leí que un historietista peruano visitó a un poeta
moribundo, en un hospital de su país. Antes de retirarse,
el dibujante cuenta que tomó las manos del gigante
postrado. Y el poeta abrió los ojos, sólo para decirle:
“muy rápido”. Al rato, se las cruzaron: la izquierda
en el hombro derecho. Y viceversa.  

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