miércoles, 15 de septiembre de 2010

Directo al infierno

Decía el indescifrable [qué bueno que fuera así, no?] de Ludwig Wittgenstein que entre la orden y la ejecución hay un abismo, y que éste tiene que ser superado por la comprensión. Debemos creer en esa "mancha de tinta" a la que alude el germano, para entender que una orden no es sólo una gavilla de sonidos, también es el uso determinado por la voluntad de ejecución. Qué cosa se siente cuando se afirma una determinada montaña de inexactitudes. Decía Hank Moody que su familia avanzó de modo autónomo, mientras él se hundía en un mar de aparatos reproductores femeninos. No es una simple queja sino una descripción de lo que pudiera ser un reclamo de visibilidad. Aparecer, salir de la superficie, es radicar la ejecución previa a la orden. Y a veces son los mismos hijos los que nos ajustician, reelaborando el misericordioso "Proceda" (una editora quiere sacarme las comillas en un poema, vaya a saber qué lío se hace con las voces independientes, sobre todo del texto), y hay momentos [uno es éste] en que comprendo qué cosa subsiste más allá de los parlamentos de David Duchovny, atravesado por Hank Moody, después de haberle regalado a su hija un perro boxer, cachorro, juguetón y besador como pocos. La hija del escritor de Californication no será la hija del minero, no entonará como los dioses, porque nunca tuvimos la desgracia de escuchar sus voces, pero entonces ella acaricia su perrito espantoso y le asegura, sonriente, en la medida de lo distante: "Haz lo que quieras, papá. Te amo pase lo que pase". Y ya no más esfuerzos por acercar posiciones. Los hijos nos condenan antes de descifrar la labor que hacemos por parecernos a ellos y alejarnos sin escala de nuestros padres.

Hay una veneno incondicional que se toma una sola vez, y ese momento está dado por la misma y certera pregunta improcedente: "¿Hay vida después de la mía?" Una vida completa incluye una sobreactuación fenomenal, cuya última estación será arribar al grado cero del afecto, a lo más virgen que se pueda intercambiar en un lapso brevísimo. Antes que el bebé abra los ojos y encuentre un mundo, estará de acuerdo en una sola cosa, que los padres son maravillosos, fuertes y excelentes compañeros de apertura universal. Somos el Virgilio de un Dante hecho a la medida de nuestras aspiraciones. El amor filial no es incondicional, sino consanguíneo. Se hará lo que se quiera, pero la mirada de la sangre nos desvía de nuestros sueños de corto plazo. Por eso, Moody, reflexivo, cuando camina sobre la arena fría, observa a su ex esposa e hija en su diálogo de cuerpos. Terceros, excluidos. Te amo pase lo que pase. "El reloj avanza. La brecha se expande. Ella no me amará por siempre, 'pase lo que pase'". Iré directo al infierno debido a mis esfuerzos por lograr la incondicionalidad, porque esto me acerca más a exigir una rendición que dejarme llevar por el ojo que me modela. Y así, todo lo que digo lo digo sin decir nada. El poeta peruano Jorge Eduardo Eielson pensaba algo semejante, pero lo escribió, lo hizo correr como un carretel, que olvida el concepto de madeja en la medida que el hilo sigue la pendiente. Ocurre en las familias, incluso en las mejores. El hilo no siempre se corta por lo más delgado.



The Brian Jonestown Massacre, tocando Going To Hell, del trabajo Strung Out in Heaven, de 1998.

2 comentarios:

C.E dijo...

¡ensayista un gusto por acá el género!

Anónimo dijo...

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