jueves, 15 de marzo de 2007

Olivia recita un poema de Joseph Brodsky


De ninguna parte con amor, algún día, algún mes
querida y respetada linda, pero no importa quien eres;
¡al diablo, que ya no me acuerdo de tu cara!.
Un amigo fiel -ni tuyo ni de nadie- te saluda,desde uno de los cinco continentes
apoyado por los cowboys;
yo te amaba más que a los ángeles y que a mi mismo,
y por eso ahora estoy más lejos de ti que de ambos.
Tarde en la noche, en el fondo de un valle dormido,
en una ciudad cubierta con nieve hasta la manilla de la puerta,
retorciéndose en la sabana -nada se dice de esto más abajo-
estoy clavando el cojín
murmurando la palabra "tú",
detrás de mares sin fin,yo, como un espejo insensato,
repito tu silueta con todo mi cuerpo.

Niños comunicados


Hartos de épocas de silencio, los chicos hacen lo imposible para llenar de palabras la ausencia de respuesta de los padres. En este caso, Olivia Arteca dicta una conferencia al estilo Massotta, en cualquier happening del Di Tella de los 60, a una oyente de Radio Universidad de La Plata, sobre el futuro de la poesía después de la muerte de Joseph Brodsky. Está claro que el oyente, digamos Karl, no está de acuerdo con las hipótesis que Olivia sugiere y de allí el gesto de enojo y desilusión de esta bellísima niña de 7 años. ¿Qué dijo Olivia? Que la gente es más indulgente cuando se encuentra con papeles mecanografiados que con un libro édito. No es culpa de ella, sino del bueno de Joseph, que sí creía en esta máxima para nada sanmartiniana, y cuya crudeza responde a años de certezas, en los cuales sus poemas seguramente sufrieron la sanción de cuanto inhóspito lector tuviera entre manos un libro suyo. Como se verá, Julia, la muñeca de Olivia, cayó dormida durante la conferencia (a quién no le sucedió la misma cosa), corroborando así lo que muchos sospechábamos: que se trata de un objeto inanimado. Pero no todo lo dicho es tan cierto. El oyente sólo quería acercar su opinión favorable a Monseñor Aguer, el obispo de La Plata y fiador del delincuente Francisco Trusso, liquidador del BCP. Ahí sí, comprendemos el rostro desencajado de Olivia, cuyos ahorros fueron comprometidos por la Iglesia platense. Colgá ese teléfono.

Zapping



Siempre se vuelve a Peter Handke. ¿Qué sucede con él? Su escritura, morosa, plagada de descripciones anodinas, logran que cualquier lector, al abrir alguno de sus libros, lo cierre en los sucesivos minutos. Después, los libros de Hhandke descansan en la biblioteca, o en la mesita del televisor, donde están los textos a los que uno ofrece infinidad de oportunidades. Los textos de Handke evaden el archivo. Pero siempre se vuelve a Handke: hay un momento de la vida de uno en que entiende que los libros de Handke son eso: momentos de la vida de uno; y que gracias a esa afectación de la infinitud, regresar al maestro del ralenti se hace una tarea tan poderosa como levantarse a la mañana, poner la pava en la hornalla, esperar los primeros vapores, verter el agua en el termo y tomar un mate. A veces parece que la "aptitud física" no es materia relevante en Peter Handke, y esto, mezlado sí con una inacción constitutiva de su literatura, confunde a cualquier lector de primeras impresiones. Dicen que es aburrido. ¿No será que no tendremos tiempo para él, como lectores? Cuando conseguimos ese momento perfecto en el que nos vemos reflejados en su tempo, en el tempo de Handke, es cuando nos metemos en su literatura, en sus movimientos sinuosos de un lenguaje, de un idioma, que a veces no tiene curvas, oscilaciones. Volvamos a Handke. Después dejémoslo reposar, en la mesita del televisor. Hagamos zapping para volver a Handke.

¿DICEN QUE SOY ABURRIDO?



"Pienso en ti para separarme de ti en buenos términos"

"En el cielo amarillento de Jesenice apareció una estrella; ella sola formaba una constelación; y abajo, a través del humo de las calles, pasaba una luciérnaga. Dos vagones entrechocaban. En el supermercado los cajeros eran sustituidos por las mujeres de la limpieza. Junto a la ventana de una gran casa de muchos pisos se veía a un hombre fumando en camiseta".

miércoles, 24 de enero de 2007

Planimétrico (6)

I.1. El lenguaje no es una fórmula. El lenguaje poético tampoco. El lenguaje no formula por sí mismo una escritura.
I.2. La escritura no contradice la noción de estilo, pero no la completa. El estilo reúne dos partes de una misma matriz: la escritura como invención, y la escritura como intervención.
I.3. La invención trabaja sobre un régimen de convención, cuyo principal obstáculo es la invención misma. Para que una invención tenga lugar como lenguaje poético, debe aplicarse un movimiento de flujos. Tal como llega, debe retirarse. Bajamar, pleamar. Pero una pleamar lo más alta posible, con el fin de garantizar un recogimiento de la fábula, del mundo creado.
I.4. La invención más prolongada debe dar paso a un sedimento atravesado por un suelo real.
I.5. La tautología de la invención corroe cualquier principio de estilo en literatura. La invención en poesía es prevención contra la retirada de la imaginación. La realidad es parte de cualquier lenguaje poético, pero oculta, como magma. La tautología de la realidad impide que haya estilo.
I.6. La poesía es una construcción contra la realidad, constituida por la realidad. Aquí no hay principio de contradicción, sino una simultaneidad de proposiciones. Lo simultáneo en poesía en la convergencia de principios con los que el lenguaje poético domina una condición básica de la poesía: la intervención.
I.7. Intervenir es interesar, penetrar. En ese “atravesar”, la poesía borra los vínculos con el lenguaje tal como lo conocemos. La poesía no comunica. La poesía no informa. La poesía remueve el lenguaje hasta ordenarlo en una nueva secuencia lógica.
I.8. La poesía no es iluminación. Si nos iluminara, daría al lenguaje una sintaxis anteriormente oculta, pero ya existente. Quien escribe poesía reconoce en la sintaxis una manera de repoblar la gramática. La poesía es una ineficaz mirada planimétrica del lenguaje. De su ineficacia para apropiarse del presente, se reconoce como poesía.
I.9. La eficacia es una condición de la poesía. Es consecuencia del fracaso de apropiarse del presente. En esa pérdida del presente, existe un escribir que es un inscribir, un anotar, un borrar, un ajuste de la lengua a la permeabilidad del idioma. Esos movimientos son flujos, secreciones de la escritura que hacen a la idea de eficacia. Y esto, en literatura, no puede transcribirse como “validez”, o mera “utilidad”. Lo útil comunica. La información comunica. La poesía se integra a la lectura desde su condición de invalidez.
I.10. En las grietas del lenguaje normativo se cuela el lenguaje poético como formulación ahistórica, diacrónica, agramatical. Por lo que la poesía propone leerse desde la no validación de un discurso. En esos surcos que el lenguaje narrativo nos deja como conexiones parentales del recurso lógico, la poesía recoge las sobras de un mecanismo y las traduce en variables de construcción.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Teatro total de Gropius

Bien; trabajos relacionados con el movimiento
de la obra representada. A fin de aumentar
la ilusión de la representación escénica
el medio maquinal-mecánico para la transformación
del tablado se complementa mediante
la proyección luminosa. He puesto atención
en lo referente a las instalaciones modernas
de proyección y aparatos para films;

entreví en la proyección luminosa el medio
más sencillo y práctico de la mise en scène.
En el centro del escenario, oscuro, es posible
una perfecta ilusión con la luz y con otros medios
de cuadros luminosos, mediante imágenes fijas
o imágenes en movimiento. Todo ello se ahorra.
En elteatro total no sólo está previsto, la posibilidad
de realizar la proyección cinematográfica
en el horizonte circular, mediante un sistema
de aparatos proyectores movibles, sino que logro
colocar también bajo el film toda la sala de los espectadores,

Paredes y techo, patente alemana d. r. p. a.

Entre las doce columnas que sostienen la sala
se extienden con tal fin mamparas de proyección.
En superficies transparentes se enfoca, por medio
de doce aparatos, desde atrás, la película, de modo
que la totalidad de los espectadores se encuentre,
por ejemplo, en medio de un mar undoso, o vea,
desde todas partes, grandes multitudes avanzar hacia él.

Es posible hacer proyecciones con un segundo
conjunto de aparatos instalados en una torre,
que se alza en el interior de la sala, y que desde
el interior arrojan sus rayos sobre las mismas pantallas.
Allí también está colocado el aparato productor de nubes
y con él es posible proyectar, desde su punto céntrico
hacia el techo de la sala, nubes, cuadros estelares
o imágenes luminosas abstractas. Vemos que en lugar
del sistema de proyección empleado hasta ahora
con simple pantalla, llegamos al espacio proyector.

El espacio real de los espectadores, neutralizado mediante
emisiones luminosas, se convertirá, en espacio de ilusión,
situado en el mismo centro de los acontecimientos escénicos.

La finalidad de este teatro consiste en que todo sea medio
y fin para conseguir que el espectador se transporte
al movimiento escénico, y entre por completo
en el ambiente de las tablas. Por lo demás, un teatro
tiene la misión de hacer del mecanismo escénico
algo impersonal, manual, como para que en ningún momento
pueda descubrirse las huellas del director artístico.

En suma, con la gran máquina del espacio, el director
de la obra puede dar forma a su labor personal, de acuerdo
con sus fuerzas. Así, el pequeño semicírculo de lunetas
puede ser descendido, independizarse de las demás hileras
de asientos, sea o no utilizado en un proscenio.

Llegar hasta la arena circular, escalones abajo,
valiéndose del camino que conduce al disco
desde la escena alta, mediante una plataforma
y escaleras. Es posible realizarlo sobre la arena,
trabajos relacionados con el movimiento,
de la obra que siempre quisimos representar.

Tres poemas y ninguno

Y SI ESTO FUESE SÓLO POESÍA?


"Eu acho que o envolvimento político

e na militância, no ativismo, me ajudou muito

a conceitualizar o objeto de estudo das minhas

pesquisas, as questões que eu queria investigar;

e sinto, ou gostaria de pensar, que o que eu tenho

produzido como pesquisador é mais significante

por causa desse processo de ser informado

por uma prática cotidiana na militância.


Às vezes eu acho que dificulta, sim, um certo tipo

de aprimoramento acadêmico; que se você pegasse

todo aquele tempo que está gastando na prática,

toda aquela energia e colocasse exclusivamente

em raciocínio, análises, interpretações, certamente

a sua produção seria bem maior, e talvez a sofisticação

das suas idéias também. Não sei se a importância

que o seu trabalho teria para o mundo seria maior."

*

CRÓNICA DE UN ECLIPSE, 1973


"Los científicos exploraron

los secretos del sol y los tribeños

creyeron que los astrónomos les habían

robado el Astro Rey durante el eclipse solar.

Los gallos cantaron al segundo amanecer del día

y los sorprendidos pájaros levantaron vuelo

desde las orillas del lago de verdes aguas rumbo

a sus nidos, sin comprender por qué la noche

había llegado tan pronto. Millones de flores

cerraron sus pétalos durante la breve noche

del eclipse y los volvieron a abrir

al casi inmediato amanecer".


*

CONVERSA PRE-HOLOCAUSTO


Wittgenstein: — Vou à Noruega.

B. Russel: — Lhe previno que lá os dias são muito escuros.

Wittgenstein: — Odeio a luz.

B. Russel: — Vai se sentir tão só!...

Wittgenstein: — Quando falo com seres inteligentes me prostituo.

B. Russel: — Estás ficando louco.

Wittgenstein: — Que Deus me livre da gordura!...

B. Russel: — Isso é o que Deus vai fazer.

Wittgenstein: — E você, o que faz?

B. Russel: — Uma Organização Mundial para a Paz e a Liberdade.

Wittgenstein: — Que divertido!...

B.Russel: — Suponho que prefira que eu fundasse uma Organização Mundial

para a Guerra e a Escravidão.

Wittgenstein: — Sem dúvida

martes, 26 de diciembre de 2006

Sketchbook of Walter Gropius

Vuelto casi nómada, traje conmigo una pérdida
de las formas. La riqueza de trajes fue sustituida.
Hay un mundo y una homogeneidad que muestra,
según el temperamento, una uniformidad, indiscutible.

La semejanza de los procesos y el perfeccionamiento
del tráfico comercial, van borrando las diferencias.

En cada uno de los sectores de producción
las antiguas trabas limitan la movilidad,
y las nociones desaparecen.

Las exigencias que nuestro tiempo plantea
a la forma, van más allá de lo regional. Hay
un denominador común que fija la forma del mundo
aparente. Este criterio traspasa las fronteras
de los órdenes anteriores. Y los círculos
quedan encerrados dentro de otro, más amplio.

Nuestras casas y las ciudades irán siendo
cada vez más semejantes, y no por eso
el mundo será aún más monótono.

PLANIMÉTRICO (4) Desbaratando a Reynaldo

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1) Zahorí. Entre las diferentes alcances que propone esta palabra (adivino, rabdomante, augur, vidente) a Reynaldo Jiménez tal vez le cabría la de “explorador”.

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Poesía exploratoria, múltiple, en cuanto a los trazos que inscribe y profundiza, como si tocase en maniobras desconocidas el corazón bifronte de la lengua en estado de perplejidad.

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La poesía de Jiménez atraviesa “(cruza y recorre) el puente del aparente espejo”, como cifrara en Reflexión Esponja, su texto-mirada, ensayo lírico que desmaleza las pautas seguras de percepción de la lírica.

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Ángulo, y desplome diagonal de aquello que se refleja y no inquiere cosa alguna con doble simetría.

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Por eso, el núcleo de la palabra es removida, a la vez que desconsuela su estado cero y se reinstala en los bajo relieve de un montaje totémico, donde el lenguaje recupera sin filtros la extrañeza de las verdaderas combinaciones.

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Así, será escritura anti-arqueológica (es decir, que busca una verdad que no está en la lectura de las sobras, sino en la construcción de un cavado), y con ella la poesía de Jiménez se aleja de cierta pretendida verdad ancestral y la disemina en su propio trabajo de campo, con el fin de montar un silabario, y buscar en él un sentido que recupere el valor del asombro.

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Lector maravillado que supera la estupefacción y varía su energía con relación a la función plástica de la lengua.

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En ese aspecto la escritura sí es exploratoria, pero se trata de la expedición de un ciego que recala en las marcas de un rostro que será elidido –aunque vuelto a renombrar- como si nunca se lo hubiese intentado poner en pie.

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Desde ese aspecto, aquello que deviene palimpsesto se impone sin ataduras, contrario al mecanismo de la memoria, es decir a lo lógico-histórico, y moviendo bajo absoluto control el desafío de verse modificado por la tentación del olvido.

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El doble movimiento de la poesía: por un lado desactiva cualquier tentativa de narración, pero por otro irá fijando libro a libro –sobre todo después de Las miniaturas, y hasta Musgo y Sangrado inclusive- incisiones, corpúsculos en expansión librados a sus zonas, como espacios de imposición en una superficie en permanente serpenteo por el desierto de la lengua.

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Grafía para acechar su rastro en la arena, descifrarla, jamás glosar.

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2) Supérsite. La atmósfera del poema es encarnada en un “chorro de lumbre”: esquirlas y manchones de un ornato que inminente se disuelven y regresan a la penumbra del claroscuro.

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Escritura leonardesca, entonces, atrapada por una fascinación que se contrae y dispone su frecuencia en una intoxicación de sonidos.

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Supérsite que es cosa perenne, sobreviviente del alfabeto-Jiménez que refugia una sintaxis del diccionario personal.

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Escritura en códice, como reflejo artesanal y artesonado, y pulsión que no reprime el filete ya traspasado en la página para ofrecerse como partitura.

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En esa tensión existente entre “la hoguera amante” que se alimenta de “lo lunar” y esa levedad que atormenta la contemplación (porque ya es poema y pensamiento unidos), se resuelve la poesía de Jiménez, en un fundido lento cortando la raíz explicativa del suceso y volviéndola un decir cinematográfico, metonímico.

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Esa discontinuidad –flexible y ajustable a una forma ya multiplicada- logra conformar un paisaje que alimenta aunque no sacia, a pesar de ser la pastura afín del poeta y el motor del deseo por desplazarse siempre hacia delante.

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3) Giróvago. Lo ambulatorio siempre es inestable; el lenguaje se vuelve común, y replica en el término “anguila”.

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Textos serpentiformes. Estimología secreta de la anguila que nos lleva a su símil morena, y de allí a murena, es decir, a una de las referencias revisitadas, por ende secretas, de la literatura argentina: Héctor Murena.

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Puntos que se tocan desde el lodo electrificado de la conciencia, en oscilante balbuceo de un simulacro lisérgico.

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Los poemas de Jiménez no adulteran la conciencia creadora, pero tampoco confían a rajatabla en la actitud transmisora per sé de los sentidos.

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Lo sensorial se vuelve onda expansiva de un hipotético diapasón, y en la medida que persevera en la convulsión del tono también irá concluyendo, hasta que de nuevo golpee y se abandone a la vibración.

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A este procedimiento Reynaldo Jiménez parece llamarlo inflexión, o estilo, tal vez. Por eso su escritura es un “haberse salido no saberlo”, tal como se formula en uno de los textos que conforma la edición mexicana de Musgo.

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Un estilo que se afirma en la creencia de la salida hacia afuera, pero que además conlleva la certeza del desconocimiento.

Por eso su poesía es “ambulante”, o mejor dicho, portátil, de acuerdo a la tensión entre la competencia de la dirección de sus versos y el conveniente descontrol en que suceden.

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También existe una constante en su poética, que siempre nos acerca a lo inasible, lo incorpóreo, lo fugaz, pero anclando en un presente continuo que liga las acciones a lo mínimo, y lo mínimo a lo lumínico.

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Lo mínimo no como “minimal”, sino como unidad nucleica, genética, de su poesía, que arrastra un remanente verbal (“sarro”, diría) que se atomiza a la medida del territorio posible de sus versos.

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La escritura asciende y ralentiza la subida hacia la transparencia, y a la vez exhibe cadenas de sentido que va congelando el discurso, y desmiente cada siguiente sucesión.

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El término podría ser decurso, ya no como transcurrir sino como lapso.

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Poética lapsaria, donde el suceso es el hiato en la rendija. Y por ese mismo invisible pasadizo acontece tanto el sigilo como la imantación de ese sigilo.

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Lo que se retiene se inscribe como sedimento, y a la vez se reparte, acaece en la propagación sonora de un aliento reversible.

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4) Retinal. El ojo de Reynaldo es infrarrojo. La mirada como membrana localizándolo todo, donde lo múltiple ocurre en panóptico, siempre intervenida.

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Abertura en la cual bucea, detecta e inscribe nictálope, prescindiendo de las impresiones iniciales.

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Al examinar el acontecimiento la vista de poeta será por fin imperfecta (presbicia), porque no representa aquello que percibe, ni lo reproduce para tocarlo (efecto “cueva de Altamira”).

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El ojo no señala adónde hay que mirar, “porque atiende vívidamente lo que está viendo”.

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La mirada del autor será sentido presente en tanto y en cuanto se lo intenta. “Catapulta sin origen”: nueva vuelta por Reflexión Esponja.

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Será entonces la traza del Parmigianino y su espejo convexo, aunque el de Jiménez es cóncavo, hundido, implosivo, por lo tanto distorsionado.

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Esa alteración en las profundidades tiene su tamiz: la erótica del poeta trasegada por la zaranda o red de imanación de residuos sensoriales.

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El efecto óptico de los textos de Jiménez sería comparable a aquella frase de Elie Faure cuando cita a Watteau, y que rescata Deleuze en el prologo a Répétition et différence, y que afirma que el ojo del pintor “coloca lo más pasajero donde la mirada promedio encuentra lo más durable”. Algo de ese funcionamiento sensible es transferible al manejo que Reynaldo Jiménez produce con sus poemas.

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Lo circunstancial, incidental también, que despliega cierta mecánica infrarroja como una serie de internegativos fotográficos.

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Refracción de la efigie que no brilla porque sí; poesía de levísimos velos, siendo como es el pretexto conveniente de la variación. Prismáticos colocados hacia lo menos visible.

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Alternancia en el corrimiento que importa un rápido desalojo de la página por volumen.

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La retina simplifica los pasos del artificio y permite la rúbrica de un personalísimo epitelio, que también es escritura y adherencia.

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5) Cinegraf. La poesía como un salón de exhibición. Más microscópico aún: la acentuación al cuadrado de un proyector de diapositivas, confluencia instantánea de ciertos cristales bajo la intervención de la luz, al estilo prisma irisado.

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De ahí lo funambulesco en Jiménez, como apuntara Néstor Perlongher sobre su poesía en alguna ocasión. Ilusionismo que se muestra tal cual es; apariencia del anzuelo que siempre es aproximación hacia la presa (la entrada de la “anguila”, otra vez).

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La mirada nació para ser espectadora, dejarse atrapar, abandonarse a las imágenes.

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6) Eclipse. Movimiento de sombras asistiendo a una catarata de semillas, que son las palabras.

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La producción de sentido va de la mano con lo aprendido y lo perdido, bajo la gestualidad –apóstrofo- de un teatro de mímicas donde todo puede suceder.

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Así, la poesía será puro ademán de ejecutante, circunscrito a un panorama asimétrico.

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Escritura de los contornos. Margen que es el extremo del decir, e inclusión de la realidad cuando logra modificarla y desbaratar la operación del alfabeto.

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7) Reflujo. Asegura Guennadi Aigui que la poesía no tiene flujo ni reflujo. Dice que ella es, que habita.

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La escritura poética sería en este caso una propagación de su propia molécula ontológica, una constitución autónoma que garantice al trazo una plenitud humana y social, una profundidad que valdría discutir sólo en el plano de la expresividad.

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Sabemos sin embargo que si la expresividad no es eficaz, la “poesía” cae por sí misma, es decir, no será poesía.

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¿La escritura ligada a la eficacia, entonces?

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La poesía jamás estará estructurada en base a fundamentos pragmáticos, básicamente porque la poesía es un cuerpo más bien prismático.

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Cuando se habla de “eficacia”, estamos refiriéndonos a eficacia con relación a la poesía. En la obra de Reynaldo Jiménez la eficacia no es un valor absoluto, aunque se trata de un categoría a tomar en cuenta a la hora de volvernos arqueólogos de sus versos.

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El “valor absoluto” es aquello que no puede ser reemplazado por una valencia equivalente, salvo que se recurra a la hermenéutica. Una simetría con condiciones.

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Lo absoluto atrae a la glosa, porque sus decisión es retomar una narración interrumpida. La lírica ha trabajado contra este punto, y muchas veces fue derrotada, de acuerdo a quienes se impongan de puño y letra en diferentes etapas de la evolución del género.

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La ausencia de eficacia y la propensión a la decodificación mediante el estilo de los materiales verbales, le arrancaron a la poesía su fundamento huidizo, y se la presentó, la mayoría de las veces, como la construcción de un escritor –devenido lector- en voz alta.

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A Jiménez no le sucede nada de esto. Primero, porque sus reflujos permiten una escritura que está en permanente retirada de las aguas, es decir, no intenta reunirse en lo informe sino que se particulariza.

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Lo gregario, sí, es la sustancia con que están construidos sus poemas, que luego se expandirán, traicionarán lo general para afiliarse al microscopio, donde lo mínimo, por expansión o blow-up, se amplía, pero ya mediado por la lente original del poeta.

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Textos en bajamar, en ese Estado Real de Suspensión que evocara, y que convierte a la escritura en tierra ganada al mar de las totalidades (pólders) y la eficacia en una instancia sólo perceptible por quien lee una secuencia en voz baja.

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En esa primera voz, la que aclara y dialoga con el propio creador, aparece el ritmo interno, la respiración que desde un primer momento se le pretende imprimir a la página.

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Por eso los poemas de Reynaldo son afines a la suspensión instantánea de un sentido definitivo, reordenando las primeras sensaciones y ocupando las zonas ausentes dejada por la exégesis.

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No siempre quien lee en voz alta interpreta casi hasta la coincidencia el sustrato de un texto. En definitiva se tratará de una interpretación con ayuda de la voz. Todo poeta que se precie lucha por desprenderse de la interpretación y se vuelca a la aproximación del tono.

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Todo lo realizará en voz baja, casi en murmullo –un semitono-, igual que si se pasara un secreto al rojo vivo, sobre un oído confiable.

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8) En Colonna. El ojo no siempre penetra la realidad cuando apunta su objeto de deseo. Y bien: nada.

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Que se desliza sobre ella, porque lo concreto prefiere presentarse con su ionósfera intacta.

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El poeta no inocula cosa alguna con la percepción, cuya prolongación es un viaje mezquino: de la mente y los sentidos al ojo, que traduce, no hay un solo paso, existen varios y tantos como sensaciones se integren a la apertura de una visión.

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La escritura es ese surfear sobre las cosas, las palabras se enciman sobre aquello que ya está nombrado y opera por desconocimiento, por negación del tacto.

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En Jiménez se produce la traducción de la percepción por fuerza mayor, ya que sus textos se mueven como si recién se incorporaran al mundo del idiolecto.

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Las palabras son los ábacos con los que el poeta logra sistematizar una lógica, un estatuto invisible de futuros poemas. No se trata del ver para creer, sino del “mira, y no se toca”.

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Los poemas de Reynaldo Jiménez ofrecen una resistencia previa debido a su carácter de intraducibles. Por eso se hace fácil volver a ellos.

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Es inherente al hombre interesarse por el mecanismo del enigma y, de ser posible, descifrarlos mediante la lectura. Sin embargo, es sabido, los enigmas no constituyen adivinanzas, sino indicios de una verdad que se revela como tal, siendo relativa.

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Si las incógnitas conducen a la develación y por ende a la interpretación, los enigmas nunca abandonan su materia huidiza.

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¿La escritura como fin del enigma? ¿Para detener el desplazamiento sin objeto del hombre y asentarlo como pensamiento?

PLANIMÉTRICO (3) Sobre “La curva del eco” (1998) *

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Insertar la palabra, desmentirla hasta el tuétano es la mecánica, la política de Reynaldo Jiménez en este libro apenas azul publicado por tsé-tsé, texto cuyo propósito pareciera ser el de desmalezar el núcleo de la palabra en funcionamiento.

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Decir “propósito” tal vez no sea adecuado, ya que nada estaría inscripto de antemano. “La curva del eco” muestra un desdecir de la frase devenida verso y vuelta frase, en un doble movimiento de regreso-salida-regreso al punto de partida.

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Lo que gobierna a este texto es el sentido del fade, es decir, una manera sigilosa de retirar el sonido y despojarlo de atributos, hasta hacerlo pura circunspección.

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Y también regresarlo, hacerlo evolucionar: de la nada completa, discoidal, al ruido posible, al entramado fijo y deslizante, con el respaldo de palabras que arman un arco voltaico fantasma, que reverbera.

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La escritura se dirige así hacia el silencio, del que se sale en oleadas de interferencias, irrupciones, bordeando con mucho el perímetro del poema.

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La índole del eco supone la eventualidad de poner en escena ese fade que lo instituye.

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Se trata de propagar una frase o un grito sobre el desplazamiento de la masa de aire, hacia ese vacío de aire con cierto sentido de finitud, aunque también de renuevo, en los distintos planos de repitencia que sobrevive a toda resonancia.

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En uno de sus poemas, “Bazar en el retablo”, dice: “un segundo después se achica el tiempo/ me empino hasta su borde para escucharlo/ y me rasca de su abollado fondo/ de continuo perderse y de estar cierto”.

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Esa resonancia antimimética de los poemas de Jiménez sucede entre los remanentes de un mismo pliegue infinito, donde la búsqueda del centro de atención del poema se desintegra a medida que avanza, revira, transcurre hacia adelante.

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Reynaldo Jiménez no trabaja montado en la mecánica de la dispersión. Por lo contrario, en “La curva del eco” interesan el sustento informe que los amplifica. En ese sentido, el constructivismo verbal de esos textos se vuelve horizontal, se desentiende de cualquier énfasis meramente poético, y atrofia cualquier impacto de cristalización.
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Cambio de centro y confianza en la superposición que no conduce a una irrelevante polisemia, porque no hay tal cosa.

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Las imágenes cargan sentido por sí mismo, no reproducen otra cosa que la forma que las contienen. Es un arco de sal movido por Lezama, pero en fotograma.

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No estamos frente a un poeta de la proliferación (aunque a simple lectura eso pareciera), sino de la dilación.

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Jiménez intenta retrasar la salida de las palabras con el objeto de evaluarlas a medida que suceden, y establecer con ello un ritmo por orden de aparición.

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La sensación de suspensión de la lengua, como si el texto y sus voces acordaran un pacto temporal, en ralenti.

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“La curva del eco”, entonces, afianza cierto camino de ascensión de la poética de Jiménez, aunque se trata de una elevación hacia los márgenes, como la superficie de un estanque aún no conmovido por cualquier otra presencia que no fuese un litigio templado.

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Los textos de Jiménez muestran cómo se puede inscribir una escritura por fuera de los acontecimientos que la menguan, haciendo oídos sordos a cualquier aspiración normativa de la lengua.

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Por eso, el autor de “La curva…” se incluye en una familia poética alejada del sentido de frontera que tanto disgusta a nuestro autor.

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Así, con todo ello, instala una heráldica, o mejor, “un código de segundo grado”, como dice Nicolás Rosa.

* En base a una reseña publicada en Vox Virtual Nº 1, 2000, con el título “Lento Fundido”.