
Hace falta una contraépica.
Dale Lobo, carajo.
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Víctor Sosa, en un encuentro reciente en Brasil.
en apariencia, tienen su tiempo de lectura. Libros que van articulando y desmontando sintagmas, ya de por sí dislocados. En este último, regenera la imprevisión de trabajar capítulos, aunque su tarea no es ficcionalizar la lengua, sino dejarla atrapada por la tensión entre un tejido de mutaciones. Del aymara al quechua, en lenta descomposición, Ajens consigue reactualizar la ruta del menudeo de la intracultura amerindia. Trabajar desde el trapicheo de los vocablos es descapitalizar la palabra, inadvertirla como flujo de condicionamiento del lenguaje, y es allí, entonces, que Ajens internaliza lo que debiera haber sido, sin duda, una batalla personal contra el lenguaje. No es sencillo trabar una disputa desde ese sitio, con el lenguaje, para con el lenguaje: eso es lo que realiza nuestro vecino de Pirque. Hay un segmento en esta obra que es absolutamente revelador. Ajens asegura que la lengua europea es un cheque de viajero (traveler’s check), y vale por su valor de intercambio; y luego compara los efectos de esa lengua con los dialectos amerindios, y ese comercio se corta, en algún lugar no se vuelve intercambiable.
la palabra se reproduce desde sus efectos orales, sus rebotes históricos, y más tarde, sus reverberos antro-artropológicos. Ajens sigue la ruta del vernichtet, una palabra cuyo sobrepeso perimetral en la hoja en blanco de Paul Celan, va más allá del reemplazo directo en castellano de “exterminados”: se trata de traspasar el límite, ir contra el ahorro del dolor, bajar desde el poeta que entendió que “Dios decidió SER HABLADO”, a la ocupación física de la cancelación por la cancelación misma. Un verdadero exterminio lingüístico y proporcional a la inversión propuesta por los dos autores antes mencionados. Andrés Ajens disecciona el poema “Balada arcaica”, de Bustriazo Ortíz y se pregunta, en forma inquietante, si este texto clausura el ciclo abierto por Sarmiento, y se consteta: tal vez. No se trata de un ejercicio de colocar en el lugar de la afirmación un nicho de ambigüedad, sino proponer un tramo más, un escalón significante que ocupe el lugar de una lectura. Y ese lector-Ajens ubica el texto de Bustriazo, cuyo leitmotiv es “no me prendas la flor del exterminio”, como un reverso del Facundo, lo que es decir el negativo de la aniquilación, o de la propuesta llevada con éxito de la cancelación física y simbólica del indio. De alguna manera, Ajens dispone de un aparato normativo sobre el texto de Bustriazo que consigue amplificar los alcances del mismo. Es como si lo extrajera de una frontera invisible, incluso a la mirada del lector de Bustriazo, para sacarlo también de su primer encantamiento. En ningún momento Ajens triangula con la literatura cuando desmonta “Balada arcaica”, sino que pone a funcionar desde la literatura los efectos de ese texto con relación a la propuesta global de La flor del extérmino. Y en ese aspecto, podemos señalar que la propuesta del libro es entablar un diálogo sin ambages entre lenguas, como si fuese un Champollión trasandino que ubica su Rosetta particular, y a partir de allí, distribuye un secreto. Por otra parte, la conexión entre Ajens y Bustriazo Ortíz, muerto a mitad del año pasado en La Pampa –y cuya obra es una forma de iceberg super árido, donde lo que asoma es la obra édita, aunque el cuerpo principal, permanentemente hundido, sigue sin conocerse en su totalidad-, va más allá del lenguaje. Ajens también parece ser un escritor descoyuntado, lo más parecido a un triturador de signos, o mejor, un trabajador fractal de la palabra. Sin duda, este texto, y el anterior, El entrevero, se meten de lleno en la mejor tradición experimental de los textos reflexivos americanos, y esa tradición babeliza todo lo que toca, como Galaxias, de Haroldo de Campos, recientemente traducida por el amigo Reynaldo Jiménez para La Flauta Mágica, una editorial uruguaya que se las trae. Recuerdo otro libro pariente a los de Andrés: Mallarmé, de los hermanos De Campos y Decio Pignatari. Collage, traducción, versión, cita, etc. Una especie de texto total donde se impone una mirada sobre la literatura, y a esa especie de bestia omnívora pertenece la obra de Ajens.
El fotógrafo está dirigiendo a un grupo de cinco chicas, vestidas para diferentes ocasiones: todas representan las distintas facetas de una mujer joven, moderna, con una vida al parecer intresante, diversa, pasible de ser envidiable. Algo más que pequeño burguesas. Parecen modelos de Vogue, o para estos lares, de Para Ti, Vosotras, modelitos de Burda. De fondo, se escuchan los rasguidos sin letra de Butchie's Tune, un tema ultramelancólico de los Lovin' Spoonful, del disco Daydream, de 1966, año de realización de Blow-Up. Pero se trata de la foto de un adios. La película no volverá a ser la misma después de esa escena. Básicamente porque el fotógrafo no se hace entender, fracasa en sus indicaciones, y eso ocurre porque no está contactando con seres de carne y hueso, sino con maniquíes articulados, con sistema circulatorio incorporado, es verdad, pero no comprobable. David Hemmings está imposibilitado de ejercer su trabajo porque la parodia de la parodia se le viene encima, lo descontrola. Es el comienzo del film, y también es el comienzo del fin, ya que el fotógrafo supo lo que es ser asesdiado por la parodia, cuando un grupo de estudiantes pintarrajeados como mimos se le acercan, que acaba de subirse a un Rolls Royce, tras camuflarse en una fábrica, vestido de pordiosero. Doble siumulacro, el súmun de lo paródico. Pero esa escena, donde él corrije una postura de una modelo en forma brusca (o de una "muñeca", como efectivamente se refiere al su propio material humano y de trabajo), a otra chica le obliga a dejar de mascar un chicle, etc., también nos muestra la clase de autoexigencia y debate interior que tiene el fotógrafo.
Y ese simulacro con las modelos, además, lleva adelante algo que Antonioni desarrolló in extenso cuatro años más tarde, en Zabriskie Point, y que es aquello de describir la época desde la tensión del arquetipo. Blow-Up, como la serie The Avengers, o como los episodios hipercómicos de Get Smart en el boliche/tintorería de La Garra (desplazado por la torpeza fonética del agente 86 a La Gala o El Gorro), es la resaca a a go-gó de lo que aún no explotaba y de lo que pocos años después iba a estallar -el hippismo, como el final de Zabriskie Point, mientras los Floyd gratinan el aire con Cuidate del hacha, Eugene-; la disolución del fotógrafo que escucha lo que no aparece, observando un partido de tenis invisible, dramatizado por los mismos mimos que horas atrás repartían pancartas antibelicistas y en contra de la polución, ese descenso hacia su interior más profundo, insondable, reservado para existencialistas, no parece ser la marca necesaria del individualismo, sino los efectos del corrimiento del rebelde modélico, anticipándose a la banalidad consumista -se compra una hélice, porque sí- y no a la transformación de los objetos en hechos artísticos. Esas cinco modelos, como cinco Erinias anti-flower power, son las musas fijas de una percepción decadente del mundo. Blow-Up anticipa el choque racista en el final de Eazy Ryder, la desesperación volátil en The trip, o la violencia retrospectiva y portátil en Alice's Restaurant, para finalizar en las consecuencias del descompromiso político en Zabriskie Point. Se trata siempre de un final estético. El mar y la publicidad, pero también la falta de afecto en The trip, la detonación plástica, un arte pop ralentizado en Zabriskie, el crímen silencioso pero correcto desde la mirada confederada de un país, en Eazy Ryder, y la desaparición del fotograma de David Hemmings, muestran hasta qué punto se filmaba para decir que esa absurdidez de la vida, tenía varios finales comprometidos para una sociedad multifocal. Por eso, esas cinco chicas-maniquíes, mostraban que su ausencia de voluntad no era sólo en función de aceptar ser dirigidas por un ser talentoso pero oscuro, como el fotógrafo, sino que respondían a la postal malversada de una época. No se trataba de chicas que sufrían por los arrozales plagados de napalm o aceptaban el universo psicodélico como una forma de introducir en el cuerpo nuevas experiencias; estaban allí, paradas, congeladas por el clishé, por la mirada aproximada de la revolución cultural que ellas expresaban, pero en su versión más snobista. El a go-gó. Es la gran prolongación de la tintorería de La Garra, pero en versión ontológica. El mango de la guitarra de Jeff Beck, tomado como objeto fetichista, para luego ser arrojado en la calle. El arte visto como cosa utilitaria, rápida, de consumo feroz, cuya simbología desaparece en la medida que se reemplaza por otra. Larga y expandida vida al genio de Antonioni.
Tal vez deba regresar a su momento único e indivisible, cuando supo darle al monosílabo más poderoso por antonomasia, su característica menos reconocible: la negación de la afirmación. Para jugar a dos puntas se debe elegir una y pivotear; no se puede estar preparado para integrar el equipo de solteros y casados al mismo tiempo. Lo que terminó de destruir a este personaje titubeante es la certeza que en política no se puede ser tan taxativo en sus movimientos y no tener consecuencias. No se trata de un kelper, sino de Cobos. Fin de la historia. Mandato cumplido. anabertalopezyelojomemorioso.blogspot.com

Arno y las secuelas de la picadura de abeja varsoviana. Imagen freciente enviada por mail.
Arno, con un partagás, en su última visita a Cuba. Noviembre 2008. No pudo ver al Comandante.
como un pasado recolector de anécdotas, a veces marginado, o mejor, a resguardo, es un pormenor del presente continuo. Los textos que construyen Cromosoma, de Juan José Rodríguez Santamaría, están estructurados en base a esa lógica, como si estuvieramos en plena acción de un ready-made personalísimo. Nuestro autor le llama a todo “el huerto en prosa”, y hace funcionar este mecanismo de tesis y antítesis (como los adversarios mentales de Gombrowicz en Ferdydurke) entre dos variaciones del insert genético: doctor/a y antidoctor/a. Cromosoma es una obra atravesada por series, que a la vez se imbrican en capas de sentido que doblegan el signo. Como si estuvieran regidos por un sistema ideado por Antoni Tàpies, los poemas de Rodríguez Santamaría se van hinchando, para luego convertirse en sucesos volumétricos. Esto se lo vi hacer a por lo menos dos poetas: el coterráneo de Rodríguez Santamaría, Ernesto Carrión, y al peruano Maurizio Medo. Como si combinara pedazos de materiales diferentes, los textos de Cromosoma son ensamblajes de una ruina posible, pero organizada. La pregunta, a esta altura, sería la siguiente: ¿qué se está escribiendo cuando se escribe Cromosoma? Podríamos decir que se construye una legibilidad que conoce cómo demorarse a las puertas del lenguaje.
respondido. El potencial es desmentido por el accionar impulsivo de la escritura. Poner al procedimiento dentro de un locus posible es desenrollar un work in progress, que define perfectamente este nuevo libro de una voz personal en la poesía latinoamericana. La escritura de Rodríguez Santamaría produce un efecto de surfear sobre el subsuelo de un lenguaje removido por la combustión de la sintaxis, que es la fragua de los nombres, y por ende, el pretérito del cuerpo, su universo cromosómico. Cuando el poeta nos dice que hay que “desarmar el fragmento: el mecanismo de la cabeza hablante: el ‘crujir de los dientes’”, no refiere a otra cosa que al suceso de una escritura que balbucea, disgrega y reparte sus movimientos de significado. La poesía en Cromosoma es un golem polifónico que reparte la imprevisión de la escritura. 3. No caben dudas que una de las series más impactantes de Cromosoma es la llamada Metástasis. Este segmento reúne textos expandiéndose y ocupando un lugar privilegiado en el contexto de la obra. En esa serie, los poemas trabajan desde la influencia nominal, o escritural. “Post Gamoneda” y “Post Lihn”, son dos textos que trabajan desde la salida del contacto hacia la inscripción del funcionamiento. Si algo tiene de novedosa la construcción de una escritura, es cuando el lector detecta que más allá del pulso existe una preceptiva, un artefacto desarmable que se nos muestra con todas las piezas juntas pero que da la impresión que separadas mantienen un valor de estilo. Rodríguez Santamaría pertenece a una generación que consigue desalambrar los límites de la propuesta interrogativa de las vanguardias de principio de siglo XX y que se recuesta en las intervenciones antimiméticas de los poetas de fines de los años 70 y principio de los 80. Da la impresión que las redes sociales alimentaron estos textos sin adulterar los procedimientos. Esa “lengua cero del espacio vacío”, marcada como un tatuaje sinusoidal en medio de un bosque perlongheriano, es la promoción en carne viva de una poesía montada en los márgenes de la realidad, pero cuya estructura de disputa es el campo metonímico. Rodríguez Santamaría desplaza el sentido de sus textos como un trabajador las piezas de una instalación, que en el caso del poeta de Ambato parecen ser elementos dispersos de una escenógrafia destinada a una gran obra dramática, de la que sólo vemos sus ruinas estilizadas.
4. El lenguaje se ha hecho extraño a sí mismo, como si fuese en palabras de Luis Justo, una ucronía, una forma de lugar intermedio de los géneros. Esa zona de disputa de Cromosoma nos muestra que las palabras ya no forman frases, o como diría Bonnefoy “el lenguaje sigue estando allí, pero el habla se ha extinguido”. Qué otra cosa es ese territorio subsanado de la realidad en estos poemas de Rodríguez Santamaría, cuando nos dice: “Eso es decir estoy de vuelta: la realidad está dentro: la realidad está fuera, pero dentro. Estoy solo como estoy solo dentro de mi mente que es lo que lees.” La intención del escritor de poseer la mirada discreta del lector en medio del follaje de la conciencia del poeta. Un posible estar dentro y fuera al mismo tiempo, como si interviniera en los textos de este poeta ecuatoriano un minúsculo salvoconducto hacia la periferia de la escritura que es la inmanencia hecha libro. En otra de las secciones, “Hiperbalada para saltar en el tiempo”, Rodríguez Santamaría trabaja un diario falso, o mejor, unas apuntaciones para alcanzar lo que nuestro escritor llama una primera o segunda desaparición. Eso lo que ocurre cuando el poeta se desentiende del motor inspirador y trabaja desde el artesonado. Esa serie de trabajos seriados funcionan como un antídoto reparador por medio de una prosa minimalista, con el claro fin de restarle a la muerte su recorrido, volver al punto cero del suceso creativo y poner en funcionamiento esa máquina de triturar el territorio semántico, donde se da la invitación a arder junto al poeta, en un nuevo escuchar. De esta manera, Rodríguez Santamaría nos muestra en Cromosoma el reverso de la naturaleza muerta que es la “post naturaleza viva”, donde el fantasma de Jacobo Fijman, en esa estrella ausente y ambulatoria, nivela hacia arriba la exigencia de la escritura y nos devuelve un conjunto de poemas que se preparan para acomodarnos en un sitio descentrado, de aquellos a los que nos gustaría volver una vez arribado, no sin dificultad.
Mario Arteca
Dos poemas de Cromosoma:
PARQUE DE MONJAS II CONFESIÓN
DEL PACIENTE
Quiero borrar este último sueño.
Borrar, contra mi mente,
al menos la mente que tenía de niño
y el sol en pausa,
limpio como el manubrio de una bicicleta.
Doctora, claro, objeto desechable
y uno puede pasar la vida recordando ¿qué?
Sí, doctora, el viento del páramo sobre la hierba
y la lluvia sobre los ratones búlgaros,
mientras corro
sobre un archipiélago de piedras:
extraña imagen de otras adivinaciones.
Claro, doctorantidoctora,
salud es cuerpo adulto,
salud es fruto seco,
salud es silencio: yo, desde luego, doctora,
empiezo a sentirme abandonado por alguien
cuyo rostro se amenaza a sí mismo con herirse.
Tomo cápsulas que nunca sirven
y las imágenes flotan sobre mí
como un suero con erizos
que no puedo evitar sin anularme:
este tiempo es un hueco
donde la mano de mi abuela oculta
un país mío
disuelto en la pila de lavar.
**
AXIOMA SOMA
La realidad es un proceso mental. No siempre supimos que nuestro cuerpo pesaba (lo terrible es decirlo).
Tú, anteSeñor, silbaste en lo irascible. ¿Qué?
Lenguaje idioma roto desde el revés del idioma intacto.
Silbaste en lo irascible la adopción de un nuevo idioma debía destruir el antiguo esas palabras todas llaves ninguna puerta.
Aquí está roto el orden de las sílabas del mundo no hay orden no hay sílabas no hay este mundo no hay otro mundo.
Todo es vacío todo es posdespertar.
687474703A2F2F7777772E6573746164697374696361736772617469732E636F6D2F65737461646973746963617320677261746973
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